Lo que hizo el ministro de Defensa merece la atención que está recibiendo porque representa la complejidad del infortunio paraguayo, al cual se refería el maestro Roa Bastos. No tengo la certeza en cuanto a cuál hubiera sido la reacción del general Bareiro si quien estuviese al frente de la legación diplomática estadounidense fuera un hombre. Sospecho que hubiera sido más moderado. Como hasta ahora nadie que tenga relevancia en la administración del Estado o en algún cargo público importante ha actuado como un caballero, me veo en la obligación de asumir la responsabilidad de decir: lo sentimos, señora embajadora.
Somos miembros de un pueblo que se caracteriza por la desconfianza hacia los extranjeros, aunque fácilmente están los que descifran nuestras particulares debilidades y consiguen de nosotros hasta lo que cualquier ser racional se daría cuenta es perjudicial a corto plazo. No nos pida que valoremos los buenos modales, el trabajo honrado o la capacidad intelectual; aquí glorificamos el dinero rápido y fácil, la actitud prepotente ante el día a día; no perdemos el tiempo considerando otras opciones, aunque los resultados sean más beneficiosos.
Imagínese usted, señora, que en este país todavía es motivo de broma mostrar en primera plana de un diario la fotografía de una mujer con un ojo inflamado al punto de no poder abrirlo, golpeada por su pareja. En casos de violencia doméstica la legítima defensa es considerada con absoluta rigidez hasta por las profesionales del derecho o el periodismo, aunque la ciencia y la naturaleza demuestren la absoluta desigualdad en la fortaleza entre los géneros -o el sexo para los hoy fanáticos de la semántica-, al punto que muchas optan por dejarse abusar sin límites o, peor, dejan que sus propias hijas sean víctimas.
Por eso, embajadora, es normal que un hombre -y con más razón quien se formó entre las filas de una élite donde no se discute y simplemente se obedece- pierda los estribos cuando llega a su conocimiento una situación propicia para demostrar la fidelidad al líder, aunque éste no tenga muy claro cuáles son sus prioridades. De hecho usted debería agradecer que la amonestación del señor ministro haya sido una simple misiva con términos moderados, ni siquiera con los epítetos procaces que un señor de su condición hubiera querido proferir a una representante de la mitad “débil” de la humanidad; pudo haberse tratado de unas sonoras bofetadas, una buena sacudida de los cabellos, arrastrándola por los pasillos de su imperial sede.
Usted actuó como las verdaderas paraguayas: aceptó la reprimenda, disculpó al agresor.
Por favor, doña Liliana, no crea que esta situación deba cambiar nuestras “ya difíciles” relaciones. A pesar de que seguiremos oponiéndonos a todo lo que tenga relación con su odiada nación, de que no aceptaremos ningún tipo de colaboración, ni siquiera sanitaria, por parte de su personal militar, su dinero siempre será bienvenido y requerido. Nada de medicamentos, equipos y profesionales que vengan a colaborar; tiene que ser efectivo. Aceptamos cheques, lingotes de oro o diamantes. Su gente que se quede nomás por allá.
Y prepárese para nuestra irascible reacción cuando nos informe que su presidente no piensa pisar este país, aunque no sea en represalia a la actitud poco amistosa del Paraguay, sino porque sería una pérdida de tiempo imperdonable.