Entiéndase diez mil millones de dólares. Este podría ser el gasto total de las elecciones norteamericanas de 2016, según Ann Ravel, presidenta del Comité Electoral Federal, la entidad gubernamental encargada de fiscalizar la recaudación y empleo del dinero destinado a las elecciones. La señora Ravel se mostró escéptica sobre la posibilidad de controlar el uso correcto de todo ese dinero, de acuerdo con la ley, porque las posibilidades de infracción son muchas y muy sutiles (New York Times, 2/5/15).
Obviamente, la compra de votos está prohibida en los Estados Unidos, pero no se trata solamente de eso, sino de impedir una influencia indebida de los grandes intereses económicos en el proceso electoral.
No se necesita ser muy perspicaz para comprender que, cuando un funcionario le debe su elección a un financista, debe retribuirle la atención a su benefactor. No sabemos a quién beneficiará la donación de los hermanos Koch, grandes industriales, que prometieron donar casi 900 millones de dólares para las elecciones del año que viene. Los Koch son petroleros y han financiado campañas de descrédito del concepto del calentamiento global. Apoyaron a un diputado de Carolina del Sur llamado Bog Inglis, hasta que Inglis declaró que el calentamiento global era un peligro. Entonces le retiraron el apoyo, para dárselo al rival de Inglis en las internas, quien resultó ganador.
Por lo visto el dinero cuenta, dice un artículo de Bloomberg News, comentando el caso de Inglis y lamentando que se permita a las grandes empresas dar tanto dinero a los políticos. Los aportes multimillonarios se han facilitado con un fallo de la Corte Suprema en el caso llamado Citizens United, que concede a las empresas el derecho de dar dinero para ejercer su derecho a la libertad de expresión.
Supongo que cada cual se expresa con lo que tiene, pero no se pueden poner a la misma altura las ideas políticas de Tomas Jefferson y la billetera de los Koch. Caso contrario, se facilita el paso de la democracia a la oligarquía, que es el que ha tomado el sistema político norteamericano para algunos críticos.
Entre ellos se cuenta Nomi Prins, autora de un artículo sobre la candidatura presidencial de Jeb Bush en la página web www.TomDispatch.com Ella recuerda que cuatro familias han tenido dos de los suyos en la presidencia (Adams, Harrison, Roosevelt, Bush) y que los Bush tienen buenas posibilidades de llegar a un tercero, gracias a una vieja tradición empresarial. El bisabuelo de Jeb fundó el banco G.H. Walker, comprado por el banco Merrill Lynch en 1978. ¿Quién era entonces directivo de Merrill? Donald Reagan, luego ministro del Tesoro de su hermano, Ronald Reagan, el presidente cuyo vice era George W. H. Bush, padre de Jeb.
La presidencia de George W. H. y la de su hijo George W. se caracterizaron por una relación especialísima con los círculos de Wall Street, que hoy apoyan mayoritariamente al candidato Jeb. Los detalles de esa alianza público privada están bien explicados por Prins, quien ha escrito un libro magistral sobre las relaciones entre la banca y la política: All the Presidents’ Bankers (Los banqueros de los presidentes).