18 abr. 2026

Debate sobre la Revolución del 47 y la historia

El artículo del doctor Pedro Gamarra Delgado, dedicado a mi libro Concepción 1947 y publicado en el Correo Semanal del diario Última Hora del sábado pasado, incurre en un cúmulo de falsedades y de anacronismos que corresponde señalar.

Para empezar debemos aclarar que la palabra anacronismo con que califica a mi libro, significa, según el Diccionario de la Academia de la Lengua Española, “error que consiste en suponer acaecido un hecho antes o después del tiempo en que sucedió, y, por extensión, incongruencia que resulta de presentar algo como propio de una época a la que no corresponde”. Y a lo largo de su artículo el doctor Gamarra no menciona un solo error que pueda imputarme respecto a la cronología o a los eventos y episodios abordados en el mismo. Lo único que le molesta es el fervor partidario que dice que atribuyo a la defensa hecha por la civilidad colorada para enfrentar el levantamiento, pasión ésta que existió y no puede ser negada, porque fue la causa y la fuerza del triunfo logrado. Mencionarla no puede constituir, entonces, una incongruencia o un anacronismo.

En cambio, el doctor Gamarra sí incurre en una serie de incongruencias y falsedades que empañan su crítica. Por ejemplo, dice que Rogelio Benítez fue el único jefe militar que se opuso a las resoluciones del 11 de enero de 1947 con las que los mandos militares de la época decidieron la separación del coloradismo del gabinete y la formación de un Gobierno militar. En primer lugar, Rogelio Benítez no participó de esa reunión porque no fue invitado, por no tener mando de tropa. Lo cierto es que los únicos que en ese conciliábulo se opusieron a esa decisión fueron el entonces mayor Enrique Jiménez y el teniente coronel Díaz de Vivar. Le recomiendo al Dr. Gamarra que lea el relato que de la reunión hizo después, en su libro, el general Pampliega, para comprobar esta afirmación.

Afirma que el capitán Martincich murió ametrallado al intentar cruzar el río en Villeta. Otra mentira. Primero, Martincich no era entonces capitán sino mayor, y no murió ametrallado, sino ahogado. Estaba intentando cruzar el río a nado, ayudado por un conocido atleta que se había incorporado a la revolución, cuando hacia la mitad del río su acompañante y sostén le advirtió que lo soltaría por un momento para sacarse los zapatos y la ropa para seguir nadando. Al hacerlo, según el relato dado por él, Martincich se hundió y no volvió a reflotar. Su cuerpo fue rescatado después con los pulmones llenos de agua y sin una herida en el cuerpo.

Y sumemos. El Dr. Gamarra llama civilista a un golpe militar cuyo interés fue recuperar el poder político para los militares y anti-civiles al ejército de milicianos - es decir, de civiles- , que no solo enfrentaron el golpe, sino que lo derrotaron. Los miembros del Gobierno Revolucionario fueron todos militares. No se le dio participación alguna a ninguno de los dirigentes civiles, febreristas y liberales, que fueron a Concepción con el propósito de formar parte de la dirección de la rebelión y del Gobierno Revolucionario. El único partido al que se le dio participación y se le encomendó la redacción del manifiesto revolucionario fue el Partido Comunista, según lo dijo después Humberto Rosales (Antonio Bonzi), en su libro Historia del Partido Comunista Paraguayo, Pág. 23. Para más, los integrantes del Gobierno Revolucionario fueron todos miembros prominentes del antiguo grupo militar que, durante la dictadura de Morínigo, había aplicado en forma implacable, por largos años, la tregua política; rechazado el pedido de los profesores de la Universidad Nacional de una Asamblea Nacional Constituyente y apresado, destituido, confinado y deportado a los firmantes de ese petitorio; habían reprimido y disuelto los partidos políticos; y luego, con un ensañamiento brutal, perseguido, confinado y desterrado a sus dirigentes y a miembros de la dirigencia laboral; y clausurado todos los diarios partidarios del país; y que con el levantamiento concepcionero buscaron recuperar para el ejército el poder perdido y el control despótico del país. Nos parece que, con estos antecedentes, llamarlos civilistas resulta otra aberración, otro anacronismo.

Afirma además que, constituido el nuevo Gobierno después del contragolpe del 13 de enero de 1947, no hubo amago ni promesa de convocar a una Constituyente. Otra falsedad. Apenas instalado el nuevo gabinete, dispuso el levantamiento de las restricciones que pesaban sobre el coronel Rafael Franco y el Dr. Germán Soler, que guardaban arresto domiciliario. Fue liberado, asimismo, el doctor Carlos Zelada, miembro de la directiva febrerista que había sido detenido por la Policía. No quedaba otro preso político en el país. La dirección del diario El País le fue encomendada al Dr. Justo Prieto, miembro del Directorio del Partido Liberal. Y el nuevo Ministro del Interior emitió un comunicado en el que anunciaba el programa político del Gobierno, una nueva integración de la Junta Electoral Central con la participación igualitaria de todos los partidos y el adelantamiento de la fecha de la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente, fijada anteriormente para el 23 de diciembre de 1947, como podrá verificarlo en la edición del diario El País del 15 de enero de 1947. A las pruebas me remito.

Todas estas afirmaciones que fueron formuladas en mi libro están basadas en publicaciones que testimonian los hechos, en los relatos publicados por sus protagonistas y confirmadas por la información remitida por la Embajada americana a su Gobierno, documentos estos últimos que en los Estados Unidos son del dominio público después de los 25 años de la fecha de su emisión y a los que tuve acceso mediante la acuciosa y perseverante investigación realizada para reunirlos. Con satisfacción puedo decir que ninguna de ellas pudo ser rebatida o negada.

Por otra parte, esta segunda edición del libro no fue hecha por mí, como aviesamente señala el Dr. Gamarra, sino por una prestigiosa editorial, ante la gran demanda que existía del mismo. La primera edición sí fue realizada por mí, hace ya más de una década, y fue agotada en la primera quincena siguiente a su lanzamiento.

Debo aclararle, además, al Dr. Gamarra que el libro mío no es un libro de historia, sino un testimonio de un protagonista de esos eventos. A pesar de mi juventud, tuve en ellos una participación activa y cercana a la conducción superior de los mismos. Fui uno de los integrantes del Batallón Blas Garay, integrado por estudiantes y universitarios colorados, que bajo el mando del coronel Montanaro contuvo, en la zona que hoy es sede del hipódromo y la terminal de buses, el avance y el asalto del ejército revolucionario, comandado en ese sector por el coronel Rafael Franco.

Libros sobre esa revolución y su desarrollo, escritos por participantes de ambos bandos, como quiera llamárselos, fueron muchos. Todos ellos son testimonios de las intenciones e intervenciones de sus autores, como lo es el mío. Pero el Dr. Gamarra cree que esta clase de libros no deben escribirse, porque constituyen, a su criterio, un anacronismo de la historia, opinión ésta que riñe con el pensamiento de los grandes maestros de la historia y mismo con los protagonistas de los grandes eventos que jalonan su devenir, como Churchill, Eisenhower, y también nuestro mariscal Estigarribia, que han legado a la posteridad sus memorias, que ayudan a los historiadores a develar con propiedad y veracidad el pasado abordado en ellos. Prestigiosos historiadores, como Fernand Braudel, uno de los más grandes historiadores de Francia, insistía, en la cátedra y en sus libros, en la necesidad de recurrir a este tipo de documentos y publicaciones para que el historiador pueda ubicarse en las épocas pasadas y reconstruir los eventos registrados con la mayor objetividad y veracidad posibles. Como historiador, que también lo soy, y como protagonista de los hechos abordados en mi libro, coincido con el pensamiento de este ilustre señor.

Y, finalmente, debo señalarle al Dr. Gamarra que efectivamente no he sido un nazareno que transitó por el camino de Dios, como sarcásticamente me dice, sino un militante más de la política, que es una actividad respetable cuando es ejercida con honestidad, capacidad y con ética, postura esencial ineludible si en verdad se busca establecer para los pueblos sistemas democráticos, sobre la libertad plena de la civilidad actuante en los partidos políticos.

No he vivido de la política como falsamente me atribuye. En mis 65 años de militancia en el Partido Colorado he ocupado diversos cargos públicos por periodos discontinuos, que suman en su conjunto más o menos una década. He cumplido mi mayoría de edad en una prisión política. Fui expulsado de sus filas por mis rebeldías y después reincorporado. Fui parte del grupo que derrocó al dictador Higinio Morínigo. He militado luego en el Mopoco, que articuló el frente nacional que derrocó a Stroessner. Me ha tocado, durante el régimen de Stroessner, un largo exilio, en cuyo transcurso me tocó vivir 35 años en los Estados Unidos. Allí accedí, es cierto, a importantes cargos técnicos en organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo, pero no por filiación partidaria, como calumniosamente dice el Dr. Gamarra, sino por idoneidad y solvencia profesional. Y en ese corto pero agitado paso por la función pública, me ha tocado promover y realizar acciones y reformas decisivas, que fueron de beneficio para nuestro país, tanto en el campo económico, d e mi especialidad, como en el terreno político, logros éstos de los que me siento satisfecho. No tengo nada de qué avergonzarme o arrepentirme. Cargo la frustración de no haber podido hacer más; pero sí siento la satisfacción y el orgullo de haberlo intentado. Fui colorado y seguiré siendo colorado, no voy a negarlo, mal le pese al anacrónico Dr. Gamarra.

El sábado 4 de abril, el Dr. Pedro Gamarra Doldán publicó en este suplemento una reseña del libro de Washington Ashwell. Aquí, la réplica del autor.

Réplica

Washington Ashwell

Historiador

w.ashington@hotmail.es