Por Miguel Benítez | miguel-benitez@uhora.com.py
Días atrás publicamos la información sobre las desvinculaciones que se dieron en Itaipú y Yacyretá.
Los comentarios en redes sociales no se hicieron esperar. Estaban los que aplaudían la determinación de los directores paraguayos para racionalizar recursos. También los que aducían que el recorte era una venganza política y que solo se trataba de una medida para esconder nuevas contrataciones partidarias, ahora relacionadas con la ANR.
No se necesita volver mucho tiempo al pasado para descubrir que algunos de los que atacaban el despido masivo eran los que fueron también víctimas de críticas en los gobiernos de Fernando Lugo y Federico Franco. Es decir, los que ingresaron por favores políticos en las administraciones anteriores, ahora fueron desvinculados y atacaron a los nuevos beneficiarios del Gobierno colorado. Pero esto no pasó solo en las entidades binacionales, sino también en casi todas las instituciones públicas. Historia repetida.
Pareciera ser que el máximo deseo de gran parte de la población es conseguir padrinazgos políticos para construirse un futuro fácil, cómodo, a costa de alquileres de conciencia. Como una garrapata que se aferra a un perro (no importa la raza, el tamaño, pero a veces sí el color) para sencillamente seguir existiendo. Cuando la función pública debe significar elegir a las mejores personas para servir y beneficiar a toda la República. A los que reúnen méritos académicos y morales.
Por ende, tengo un sabor agridulce. Agrio porque las viejas prácticas corruptas siguen, pero dulce porque soy un gran convencido de que la presente generación de jóvenes tiene una mentalidad diferente. Ya no eligen los mismos caminos, ya no pretenden hacer las mismas cosas que sus padres y abuelos. Prefieren la satisfacción del esfuerzo, la realización personal. No digo que nuestros ancestros hayan obrado mal, sino que simplemente vivieron una época distinta y tampoco es razonable generalizar.
El hecho de ser pobre no significa que esté justificado robar y ser corrupto. Tan solo recuerdo el ejemplo de don Isidoro Roa, el humilde labriego de Caraguatay, que crió ocho hijos, les dio la educación escolar que él no gozó y nunca necesitó tocar dinero ajeno. Este señor obligó a su hijo a devolver G. 35 millones que sustrajo de una entidad cooperativa.
Con su firme y honesto semblante reconoció que su retoño deberá afrontar la Justicia.
Tal vez este humilde campesino, que trabaja en su chacra, no recibió una educación académica convencional, pero tiene algo que no se obtiene en salones de clase ni en aulas magnas: valores.
El honor, la honestidad y dignidad no se encuentran en mallas curriculares.