Me llamo Carlos Martín Noguera Bazzano. Soy de Luque. Nací en Buenos Aires. Mi mamá trabajaba como empleada doméstica y a los tres años volvimos a Paraguay.
Al volver al país, mi mamá trabajó de lunes a lunes en el Mercado de Luque por muchos años. Aprendí a leer y a escribir en una escuela que se llama Carlos Antonio López.
Yo nací en el 75. En el 84 fue el momento en que empecé a escribir porque una profesora nos dio dinámicas de escritura y le gustó tanto mi poema que me designó para recitarlo en la fila. Por supuesto, lo recité.
Luego escribí otro poema y también me pidió que lo recitara. La primera vez fue un poema sobre la primavera y la segunda vez a mi madre.
En los dos casos, fueron experiencias ambivalentes. A la salida de la escuela, todos me rodearon, me gritaron, me tiraron cosas. Me hicieron bullying cuando todavía no se le llamaba así.
Las dos veces pasó lo mismo. Entonces aprendí a no exteriorizar tanto mi interés hacia la poesía y la narrativa.
Quizás de ahí nació la relación amor-odio y el sentimiento de omnipotencia e impotencia con la escritura.
Me gustaba escribir y mi poema lo hice con intensidad de un niño de 9 años, desde la ingenuidad y sinceridad.
Con mi hermana acompañábamos a mi mamá a su trabajo en el mercado. Mamá tenía unas hojas blancas sueltas y hojas recicladas para hacer las sumas o envolver las cosas. A veces yo usaba esas hojas para escribir mis poemas, mis apuntes. Eso no lo hacía por precariedad, sino como algo práctico.
Comprar los libros sí fue más difícil para nosotros. Porque al crecer en una familia de extracción popular no nos daba para acceder a libros caros.
Para acceder a los libros fue muy importante la Sociedad Literaria Metáfora que habíamos formado con unos amigos en los años 90 en Luque.
Editábamos una revista literaria que se llamaba Posdata. En el grupo solía participar Chester Swann. Él era como un integrante más.
En ese grupo nos prestábamos los libros y fuimos viendo formas de conseguir otros usados, prestados o descubrir bibliotecas.
La primera que descubrí fue de la Municipalidad de Luque, luego la Manzana de la Rivera, la Biblioteca Nacional. Eran los lugares donde podía y emocionarme conociendo un autor nuevo.
En mi etapa de vivir en Asunción conocí a la gente de la Facultad de Filosofía, luego el Espacio Sajonia, el (Otro) espacio y el Semanario Cultural El Yacaré el cual fue una verdadera escuela para mí.
Me acuerdo de un vendedor de libros que iba al Mercado de Luque y los vendía a cuotas. Era uruguayo. Fue la primera persona que me habló de García Márquez. Con tiempo fue como mi propio Melquiades.
Eso tiene mucho de realismo mágico, que en el Mercado de Luque un vendedor de libros uruguayo te hable de García Márquez.
Justamente el primer libro que me marcó fuertemente y que este señor me dijo que lea fue Cien años de Soledad. Es el primer libro con el que amanecí. Pasó de todo, se fue la luz, tuve que leer con velas.
La escena más fuerte que tuve en mi adolescencia fue escuchar El Fantasma de Canterville, de Charly García, y luego encontrar en una librería de usados el libro del mismo nombre, de Oscar Wilde.
Para mí, fue una sorpresa y eso me invitó a leer gran parte de la obra y la vida de Oscar Wilde, que me llegó mucho. Después leí La Metamorfosis y El proceso, de Kafka.
De Paraguay conocí varios autores, entre ellos poemas de Roa Bastos. Hace poco conocí los escritos de Roque Capece y Leopoldo Centurión.
Hay muchos elementos que fui descubriendo en ese proceso, porque se lee en soledad, se escribe en soledad. Pero en nuestros mundos internos no estamos solos, están los personajes, las imágenes que queremos crear.
Escribir Librería San Macario, dentro de esa relación amor-odio, fue un momento muy intenso. Salí desgastado emocionalmente de este trabajo. Lloré mucho a algunos personajes, porque para mí es un reflejo mío y una manera de intentar reflejar mi generación y lo que veo en torno a la literatura en Paraguay.
Cuando me llamaron y me dijeron que gané la tercera edición del concurso con Librería San Macario, pensé que era el tercer lugar y ya estaba feliz. Pero cuando me dijeron que era el primer lugar me pasé llorando, porque tenía tantas deudas y era pagarlas con mi obra literaria.
A la primera persona que le conté fue a mi mamá, nos abrazamos y lloramos mucho, porque era fantasioso decirle a mi familia que iba a presentarme a un concurso para ver si podíamos pagar las deudas. La mayoría de las veces que me presenté a concursos no pasó eso.
Yo gané varios concursos de cuentos, siempre fueron en un contexto de necesidad económica muy grande y también desde el deseo intenso de escribir.
Este premio para mí es muy importante, me marca mucho porque no me imaginé que iba a ser tan fuerte la recepción. Vecinos que me dijeron que se enteraron de que yo era escritor, ex compañeros de colegio que me saludaron. Con 50 años de vida y más de 30 a plena escritura, nunca había vivido eso en la vida cotidiana.
Nuestro contexto local tiene mucho que aportar en la literatura hispanoamericana. Tenemos que confiar bastante en nuestro contexto local.
Porque así como a mí me interesan las novelas mexicanas o cuento mexicano, puede haber otra persona que le guste una novela, un cuento, un guión, un poema paraguayo.
Ahora en las cosas que escribo tienen mucho que ver cada momento, los sueños frustrados y el sacrificio en el mercado.
En el Mercado de Luque aprendí de la gente que trabaja ahí, la dignidad de sobrevivir día a día, de trabajar de lunes a lunes para ganar lo justo.
También aprendí con mi mamá a mirar de frente a los quebrantos económicos y pelear hasta caer por nocaut. Y de mi tío que trabajaba haciendo las calles empedradas y que murió así y de mi padre que era albañil.
Ese sacrificio traspasado a la disciplina en la escritura es un gran ejemplo que tuve como enseñanza.
Luque creció en injusticias y creció en grandes dignidades. Porque voy aprendiendo también a ver las cosas hermosas que hay y de la gente hermosa que está por ahí.
- Tenemos que confiar bastante en nuestro contexto. Así como me interesan novelas o cuento mexicano, a otra puede que le guste una novela, un cuento, un guion, un poema paraguayo.