Por Silvana Molina
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Vómitos, mareos y otros síntomas sin explicación le obligaron a internarse en un hospital, en febrero de este año. Dos meses después, le dieron el brutal diagnóstico: infección por VIH. En palabras comunes, aunque incorrectas, lo que le dijeron es: “Usted tiene sida”.
Para Juan -nombre ficticio con el que llamaremos al entrevistado-, esta realidad era algo demasiado difícil de asimilar y aceptar a sus 32 años. Tanto, que hasta pensó en quitarse la vida.
“Al principio me quise suicidar”, confiesa. Sin embargo, el hecho de tener un hijo pequeño y el apoyo espiritual que empezó a recibir poco después, le ayudaron a descartar esa idea.
Juan llegó hace un mes a la Clínica Divina Providencia, de la Fundación Centro San Rafael de Ayuda a la Vida, donde sigue tratamiento.
Delgado y con la voz débil, el paciente asegura, sin embargo, que su ánimo cambió. “Ahora tengo ganas de vivir, aunque sea con el VIH”, afirma.
Soltero, el hombre supone que se infectó por medio de la vía sexual. “Yo creo que me contagió una mujer que estaba conmigo. Ella se quedaba unos días y después se iba y venía otra vez cada tanto”, comenta.
¿Protección? Esa palabra no existía en su vocabulario. Es más, ni siquiera tenía conciencia de que podría infectarse con el VIH, algo que sucede con muchos otros paraguayos, tan o más jóvenes que él.
“Nunca nadie me explicó nada del sida. Yo solamente sabía que era una enfermedad grave, pero hasta ahí nomás”, revela.
Esa misma falta de información es la que llevó a dos miembros de su familia a rechazarle, probablemente por temor al contagio. “Cuando mis dos hermanas de padre supieron esto, me despreciaron”, lamenta.
Tal vez por eso optó por no contarle al resto de su familia y mucho menos a sus compañeros de trabajo. La discriminación, basada fundamentalmente en la ignorancia, es uno de los principales problemas que afrontan los enfermos de VIH/sida en Paraguay.
A punto de salir de alta, Juan piensa continuar con su medicación en la casa de su madre y se prepara para volver a trabajar. Pero sabe que tendrá que seguir manteniendo su secreto bien guardado.
AFERRADA A LA FE. Ana -otro nombre imaginario- también está infectada con el VIH. Pero, a diferencia de Juan, ella se encuentra en una etapa más avanzada de la enfermedad, cuando los síntomas ya se manifiestan y entonces sí se denomina sida.
Desde su cama de internación, en la clínica Divina Providencia, con los movimientos muy limitados y el habla muy afectada, Ana es, sin embargo, una de las pacientes más luchadoras.
Tiene razones muy fuertes: tres hijos (menores de 12 años), que por el momento viven con la madre de ella. “Los extraño demasiado”, manifiesta, sin poder evitar las lágrimas.
Hace 2 años y 2 meses que esta mujer de 29 años convive con el VIH de manera consciente. “Cuando murió mi marido yo me enteré que él tenía sida. Entonces me hicieron los estudios y me salió positivo. Él me contagió”, revela.
Agrega que todo lo que está pasando no se lo desea ni a su peor enemigo. Sin embargo, se aferra a su fe y confía en que podrá dejar la cama, volver a su casa con sus hijos e incluso trabajar. “Yo confío mucho en Jesús”, asegura.
ENFERMEDAD QUE ATACA LAS DEFENSAS
El sida es una enfermedad infecciosa producida por el virus de inmunodeficiencia humana (VIH). Este virus ataca el sistema inmune, por lo cual el organismo queda indefenso ante las enfermedades, especialmente infecciones y cánceres.
Ser seropositivo para el HIV no es sinónimo de tener sida. Una persona con HIV puede permanecer sin síntomas por muchos años.
El sida es la etapa avanzada de la infección, cuando el sistema inmunológico deja de funcionar en forma eficaz, presentando síntomas.
Con los nuevos tratamientos, sin embargo, se puede “convivir” saludablemente con el HIV.
El virus se transmite por tres vías: relaciones sexuales sin protección; sanguínea (transfusiones, compartir jeringas) y perinatal (de madre a hijo).