13 may. 2026

Cuando la música cambia la historia

Por Andrés Colmán Gutiérrez Twitter: @andrescolman

Lo más admirable de todo no fue el gran show brindado por los 1.500 chicos y chicas, que formaron una enorme orquesta en el estadio del Club América, de Pilar, el domingo último, en las mágicas horas del atardecer, ni que hayan conseguido hacer sonar sus instrumentos en una perfecta sinfonía que a ratos hacía bailar a la multitud congregada en las graderías, y en otro momento la hacía levitar en éxtasis, como solo el embrujo de la música puede lograrlo.

Los más admirable no fue lo que se vio en esos cuatro días: el concierto de arpas en las Ruinas de Humaitá, las noches de festivales en la plaza, los largos ensayos bajo la sombra de los árboles, la música que a cada momento impregnaba el aire de la colonial y romántica capital del Ñeembucú.

Todo eso también fue genial: Ver a tantos niños y niñas de todas las edades andando por las calles con sus violines y arpas a cuestas. Pero lo más admirable fue lo que no se pudo percibir a simple vista.

En la organización del Seminario y Festival Internacional de Orquestas Juveniles de Sonidos de la Tierra-Pilar 2014, se logró que trabajen juntos autoridades, instituciones y personas, representantes del Gobierno Central, del Gobierno Departamental y de los Gobiernos Municipales, junto a organizaciones no gubernamentales como Sonidos y Tierranuestra, junto a asociaciones de padres de familias, educadores, alumnos y más sectores de la sociedad civil.

Se dejaron de lado los recelos y las enemistades tan características de nuestro ambiente social, las habituales diferencias políticas sectarias, la competencia por ver quién lleva más agua a su molino electoral. Como pocas veces, cada sector aportó lo suyo, y lo que se pudo ver fue una organización brillante, casi perfecta, con una ciudad limpia y ordenada, con infraestructura funcional, que hizo posible que, durante cuatros días y noches, Pilar fuera una fiesta.

“Cuando hay música, la historia cambia”, dice el lema de Sonidos de la Tierra.

En poco más de doce años, aquel sueño loco del maestro Luis Szarán, de que los jóvenes toquen a Mozart en vez de destrozar vidrieras, fue contagiando a mucha gente

Hace poco más de una década, casi no había orquestas sinfónicas en el país. Hoy existen 60 orquestas juveniles. Casi no hay gobernación o municipio que no tenga –o que no esté formando– su propia orquesta de cámara.

Beethoven y Mozart se volvieron parte del lenguaje cotidiano. Pero la música es solo el elemento catalizador. Lo que estos chicos y chicas están aprendiendo son nuevos valores: solidaridad, responsabilidad social, ciudadanía... De alguna manera, ellos están educando a sus mayores.