El Día del Niño que hoy celebramos en nuestro país nos invita de modo especial a reflexionar sobre esta etapa tan especial de la vida, y, sobre todo, sobre los desafíos que ella plantea para los adultos de nuestro tiempo.
La sencillez, la simplicidad y sinceridad que caracterizan de modo tan natural a los pequeños son comportamientos que deberían “perturbarnos” con mayor frecuencia, si queremos crecer.
Como adultos, nos convendría dejarnos “interpelar” más a menudo por esa natural honestidad, y más que nada, manera de mirar y dejarse asombrar por la realidad que les rodea; algo que los hace siempre entusiastas y creativos; un interesante antídoto contra la rutina, pues siempre hay algo novedoso que descubrir. Aunque parezca una contradicción, muchas veces la sabiduría de un adulto pasa por la capacidad que tiene de recordar y considerar posturas propias de los niños. Y claro que no hablamos de un infantilismo peligroso ni del miedo a crecer que afecta hoy en día a tantas personas mayores.
Nos referimos a posturas humanas aleccionadoras que destellan espontáneamente ante nuestros ojos, pero que ya casi no los vemos. ¿Cuántas cosas, momentos o personas de gran valía perdemos a diario por no tener esta capacidad de asombro, libre y atenta, propia de los niños? ¿Cuánto estancamiento sufrimos por la falta de esa dosis de curiosidad deseosa y transparente que moviliza a los chicos, y que permanentemente los hace buscar con entusiasmo, sin detenerse en prejuicios estériles o del suponer que ya lo saben todo?
Tener un corazón de niño nos ayuda a ser más adultos, pues carecer de la capacidad de mirar la realidad con esa fascinación de los pequeños, o perder la curiosidad que permite descubrir siempre lo nuevo, o dejar de llamar al pan, pan y al vino, vino, para caer en eufemismos y mentiras, son factores que debilitan a los mayores, impedimentos para el crecimiento.
“Mucha observación y poco razonamiento -entendido este como pura y abstracta teorización- llevan a la verdad”, decía el Premio Nobel Alexis Carrel. Y es así. Quizás como adultos debemos aprender a mirar más, “como niños a los niños” para aprender de ellos, dejando de lado la marcada teorización y el prejuicio que frecuentemente definen nuestro actuar. Un desafío interesante en este día en que el bullicio de estos “pequeños gigantes” puede hacer renacer esa chispa, potente e interminable, que todos guardamos dentro.