Sin pan, pero con armas. Sin medicamentos, pero con metralletas de última generación. Ñane mboriahuve, pero con un avión de control remoto. Esa es la implícita propuesta de los oviedistas -de Oviedo, por lo tanto- para el país.
Todo gira sobre la base de una hipótesis del ¡cháke Bolivia! como si ya no hubiera sido más que suficiente aquella guerra del 32 al 35 de pobres contra pobres azuzados y llevados a la confrontación armada por la codicia norteamericana del petróleo que al menos nosotros todavía no encontramos hasta ahora en cantidad suficiente como para bañarnos en bonanza y reírnos a pata suelta de los que nos venden el oro negro a precio de diamante.
Si los oviedistas fuesen políticos -no pasan de ser politiqueros-, mirando las elecciones del año que viene, le ofertarían bienestar a los paraguayos, no malestar. Un conflicto bélico no es “la continuación de la política por otros medios” como concebía Clausewitz -un Sun Tzu alemán de la guerra-, sino la expresión de la irracionalidad elevada a las categorías condenables de sangre y fuego. Los que arman la guerra nunca mueren. Son los hijos del pueblo la carne de mortero.
Ya Heródoto -el primero que dijo que la historia debía parecerse a lo ocurrido, no a la fantasía del historiador- notaba que la guerra alteraba el curso de la naturaleza. Su ejemplo era sencillo, pero conmovedor: en tiempos de paz, cuando todo fluye como debiera, los hijos velan, entierran, rezan y hacen del ñembo’e paha una discreta fiesta de amor al prójimo.
En la guerra, esa práctica se invierte cruelmente. Son los progenitores los que se desojan -pierden sus ojos- en lágrimas por hijos a los que muchas veces ni siquiera pueden volver a ver tal como ocurriera con La Dolorosa, aquella “enlutada, pálida mujer” que fue al Chaco para llorar cada tarde sobre la tumba del fruto de su vientre, según el compuesto de Carlos Miguel Jiménez.
De la Guerra Guasu cuyos ecos resuenan aún no solo en el Campamento Cerro León -que sobrevivió a las balas en la memoria de los cantores- sino incluso en el Mercosur, ni hablemos. El Paraguay de hoy se refundó de las cenizas de aquella matanza colosal.
Las guerras son un mal innesario. Tal vez algún día la humanidad verdaderamente se civilice y proscriba hasta de su vocabulario toda terminología que aluda al quehacer de matarse a nivel internacional. O local, en mal llamadas revoluciones. Será entonces como las voces propias de la hangada: ya no existen porque la aventura de transportar rollos de madera en un catre por el río Jejuí al río Paraguay ya es solo un desvaído recuerdo de Kamba’i Echeverría o Juan Cancio Barreto cuando compartían la guitarra y el trabajo en Naranja Hái, no lejos de Lima.
Lo que queda por hacer ahora es combatir la idea de la guerra. No habría que emplearla ni siquiera para hablar de batallas contra la ignorancia o la enfermedad. La palabra batalla siempre trae aparejada la intención de pulverizar al que está enfrente.
La educación y la salud no tienen nada que ver con eso: son maneras de honrar la vida tal como quiere Eladia Blázquez.