En los últimos días se hizo conocida una campaña de distribución gratuita de condones desde una camioneta que recorre ciudades y países del continente. El objetivo del colorido vehículo, según la prensa, es repartir miles de preservativos y realizar test VIH.
Sin dudas, una campaña interesante, desde varios puntos de vista, y también cuestionable, desde otros. Interesante desde una perspectiva de marketing, pues se trata de una propuesta llamativa, y, desde un punto de vista económico, muy lucrativa, especialmente para los fabricantes de estos protectores de látex y poliuretano, que se benefician con la distribución diaria y masiva de sus productos en todo el mundo; hablamos de la campaña contra el VIH más difundida en el orbe; en algunos casos, la única.
Y esto es lo cuestionable. Pues esta entrega libre y masiva de condones es reflejo de una campaña simplista, que termina en un facilismo dañino y hasta destructivo a la larga.
El problema de los heterosexuales, así como de los homosexuales, no es el uso o no del condón, sino el estilo de vida que llevan. El punto central es hablar de esto, enfrentar esta realidad. No es razonable –ni justo– enviar a una persona a jugar con fuego, entregándole solo unos guantes, para luego cómodamente ofrecerle la posibilidad de realizarse periódicamente un examen a fin de ver si se quemó o no. Eso no tiene lógica.
Lo más correspondiente sería recomendarle –con todo respeto– cambiar de práctica, o, por lo menos, recordarle con insistencia que si sigue corriendo riesgos, tarde o temprano terminará lastimándose. Aquí no se trata de ser conservadores o liberales, es cuestión de uso de razón; hablamos de un eje preventivo propio de las políticas públicas de salud de cualquier nación.
Salvando las diferencias, si aplicáramos esta lógica de las campañas basadas principalmente en la promoción de condones, sin analizar las prácticas sexuales de por medio, ya no se tendría que decir a ningún fumador que deje de hacerlo; bastaría con regalarle en plazas, calles y aeropuertos filtros u otros productos que aminoren el impacto del cigarrillo en su organismo, pero evitando afirmar que si continúa con dicha práctica corre serio riesgo de contraer cáncer. Eso sería coartar su libertad y una intromisión en su intimidad.
Es decir, no se puede hablar de una sexualidad responsable simplemente por usar preservativos, sin concienciar sobre las consecuencias de las relaciones casuales y en cualquier lugar. Es una mirada parcial y reductiva que no se compadece de la realidad.
Hay que reconocer que de las consecuencias negativas de una vida sexual desordenada y sin límites, más tarde o más temprano, hasta los condones de última generación resultan inservibles, por más que estos vengan en cuatro ruedas.