07 ene. 2026

¡¡¡COMO ODIO AL FRÍO!!!

Soy friolento y qué.

SÁBADO|13|JUNIO|2009

chachoriste@hotmail.com

Y esto no es de ahora, ni mucho menos. Desde mi más tierna infancia, tuve ese odio acérrimo, hacia las bajas temperaturas. Puedo recordar aquellos amaneceres con escarcha, allá, en mi lejana Buenos Aires. Esa bruma mañanera, que me hacía empañar los anteojos, en contacto con el calor de los bufidos exhalados por mi boca.

Esos vientitos, que cuando bajaba el sol, se hacían sentir con bastante rigor. Ese era un frío que “pelaba” y no macanas. Ese clima húmedo y frío, tan perjudicial para la salud, al que todo porteño soporta con estoicismo. Aquellos terribles sabañones, cosa que en Paraguay se desconoce, y que es una especie de hinchazón en manos, pies y orejas, que pican como un demonio, debido al frío intenso.

También recuerdo dos momentos trágicos para mí. El primero, de vacaciones en Vancouver, en julio de 1972 y el segundo, en Río Grande, Tierra del Fuego. En ambos casos, soporté, en contra de mi voluntad, unos 25 grados bajo cero. Una cosa es contarlo a la distancia y otra distinta vivirlo. Fueron episodios terribles, ya que cuando se siente frío, es imposible de pensar en otra cosa, que no sea esto.

Incluso recuerdo, que a pesar de estar bien abrigado, todavía temblaba como una simple hoja. Todas estas cosas lo pensé, cuando comenzaron a llegar las primeras ráfagas de aire polar. Otro motivo que tengo para odiar al frío, es que las chicas se tapan demasiado y no se quieren bañar ni a palos. Se abrigan tanto, que casi no se les ve los ojos. Apenas baja la temperatura, ya se ponen las famosas “bombachas de lana”, aunque les pique. Ya ni siquiera muestran sus pancitas con o sin estrías.

Es temporada de llegar lo más rápido a casa, escapándole al rigor del tiempo. A las siete de la tarde, ya no se ve ni a un gato por la calle. Los almacenes cierran más temprano. Las cocinas se vuelven el centro de la casa, con todos los integrantes bien cerca de las hornallas. El mate cuanto más caliente mejor, pasa de mano en mano, entibiando las frías manos y las entrañas también.

Para sentarse en el inodoro, hay que ser muy valiente, por más deseos fisiológicos que se tenga. Lo mismo sucede cuando llega la hora de dormir, y nos encontramos con las sábanas totalmente congeladas. El baño diario también puede ser mortal, si no se toman las providencias del caso, como es calentar el ambiente y luego de la ducha, vestirse primero antes de salir del baño. Pero siempre permaneciendo un buen rato, hasta que el cuerpo se acostumbre a la temperatura ambiente del exterior.

Es la temporada en que me alejo de los helados, las bebidas frías, los paseos por el campo, las reuniones nocturnas, las fiestas a la intemperie. Me gusta muchísimo San Juan, pero siempre llueve, hace frío y por sobre todo, hay suficiente barro como para exportar. Y hablando de esta fecha, ya no son los mismos que los de hace un par de años. No existen más los juegos típicos, al menos en las ciudades grandes. Ahora se resuelve todo el asunto con ir a bailar a las discotecas. Que lástima, otra de nuestras tradiciones que se están perdiendo irremediablemente.

Volviendo al frío, tenemos que recientemente he descubierto que los ómnibus de Ciudad del Este, son congeladoras con ruedas, ya que los dueños de estos, no les interesa reponer los vidrios que faltan, ni cerrar las puertas, especialmente cuando circulan de noche y el frío comienza a apretar. Por lo tanto, adentro circula un chiflón que te mata.

Esta es la época en que aparecen gripes, toses, flemas y toda clase de pestes respiratorias, y por más vacuna que uno se aplique, una semana andará moqueando por todos los rincones.

Se tomará unos purés de aspirinas, analgésicos, antipiréticos y mil porquerías más que pueden ser que los cure, pero que les hará pelota al estómago. Los únicos que salen ganando son los médicos y las farmacias. Prefiero los “poha”, que al menos a mí, me han dado mucho mejor resultado.

Es la hora de desembalar los sobretodos, las camperas, los gorros, las bufandas, los pulóveres, los buzos y los guantes. Exponerlos al tímido sol, que a veces aparece, para sacarles todo ese espantoso olor a encierro que suelen tener. Al menos para mí, me siento ridículo salir a la calle vestido así, con todo lo que tiene el ropero, semejando un esquimal.

No faltan tampoco aquellos desubicados, que encima, bromean a tus costillas, solamente por ser demasiado friolento y por lo tanto dirigen todo el arsenal de chistes posible hacia tu persona. Es una época de cielo plomizo, constantes lluvias, árboles pelados, mucho barro, balnearios desiertos. Todo se vuelve muy deprimente. Ríos de cocido y café son insuficientes para atenuar el castañeteo de los dientes y encima, se torna difícil tomar los objetos, ya que nuestros dedos duros, lo impiden.

Algunos de mis amigos dicen que la edad me ha vuelto más sensible a las bajas temperaturas, yo no lo creo así, ya que consultándolo con muchas personas he descubierto que los friolentos somos en verdad una amplia mayoría. Por ahora solo me resta contar los días que nos separan de la primavera y aguantar todo ese tiempo con santa resignación y exclamar a los cuatro vientos: ¡¡¡como odio al frío!!!

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