Por Susana Oviedo
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María González dejó hace 10 años Curuguaty (departamento de Canindeyú), para venir con sus hijos a la capital en busca de trabajo. Sin recursos, solo pudo lograr un espacio al costado del vertedero Cateura, donde levantó una piecita con materiales reciclados: madera terciada, plásticos, pedazos de chapa, cartón. Hasta la Semana Santa última, allí transcurrieron los dos lustros de dura existencia, como ganchera.
Ahora, en el mismo terreno, ella y sus 5 hijos ocupan una vivienda de emergencia, construida por jóvenes universitarios voluntarios, que respondieron a un llamado de la oenegé “Un techo para mi país, Paraguay”.
A diferencia de la casa anterior que ocupaba María, la actual es por completo de madera y está construida sobre 17 pilotes que les salvan de las aguas en los días de lluvia y de la permanente humedad del terreno. “Ahora duermo todo”, dice ella, visiblemente contenta con su nueva casa.
Un picante hedor de los desperdicios en descomposición, calles cubiertas de aguas negras, moscas, animales domésticos sueltos y niños descalzos. En este escenario transcurre la vida de los gancheros en asentamientos como el de María, que, paradójicamente, bautizaron con el nombre de “El Porvenir”, aferrándose quizá al irrenunciable derecho de aspirar un futuro. Allí, a escasos metros de una montaña de basura prensada, asoma un conjunto de viviendas muy precarias. Entre ellas sobresalen como edificaciones excepcionales las de madera construidas por 900 universitarios con las familias beneficiarias. Ya son 100 casas, hechas entre diciembre del 2008 y hace dos semanas.
EL INICIO. “Al comienzo, cuando nos acercamos a la comunidad, nos recibieron con desconfianza”, cuenta Pedro Castillo, coordinador de Logística y Construcción de la organización “Un techo para mi país, Paraguay”. Ahora, mientras hace de guía en el asentamiento, al que llega en bicicleta, todos lo saludan.
-¿Ustedes son los que construyen casas?, le pregunta una mujer, que carga una bolsa y va acompañada de una niña.
-Sí, señora. ¿Vos ya llenaste la encuesta?, le dice Pedro.
-No, pero vivo allí, donde puedo esperarles, dice, y señala un patio donde hay tres piecitas separadas, hechas de múltiples materiales provisorios.
Pedro le dice que les espere el sábado, a las 15. Que vendrá con otros jóvenes, como lo hacen todos los fines de semana. La encuesta a que aludió se aplica a las familias para identificar y priorizar los casos más vulnerables, como el de mujeres jefas de hogar con varios niños o niños enfermos y donde hay ancianos.
Bruno Defelippe, gerente general de la organización, explica que el proceso de construcción establece los primeros vínculos de confianza con los pobladores de la comunidad. Valida una relación que permitirá luego un trabajo permanente.
De hecho, aclara, el objetivo final es ayudar a los pobladores de los asentamientos a salir progresivamente de la extrema pobreza. Por eso, una segunda fase del proyecto es la habilitación social. Etapa en la que se forman mesas de trabajo con los vecinos, para que ellos determinen los problemas prioritarios y participen de la búsqueda de soluciones. “Apuntamos a que en los próximos 5 ó 6 años que durarán estas viviendas, mediante el involucramiento de todos los sectores, estas familias mejoren su calidad de vida. Estas viviendas que estamos haciendo son dignas, pero no justas”, aclara. Bruno invita a los jóvenes a protestar “haciendo algo productivo”, como construir estas casas en los asentamientos.
“En la piecita que ocupaba hasta hace poco, solo cabía una cama”, dice Gloria María Jara (23), madre de 3 niños pequeños. “La mía construimos en Semana Santa y ahora nos acomodamos mejor en ella”, agrega Teodora, su hermana. Ella también tiene 3 hijos. Dejó de trabajar en el vertedero para cuidar a su nena de 1 año. Ahora es voluntaria en un nuevo comedor comunitario donde almuerzan sus niños y los de otros. Feliz con su nueva casa, ella ahora quiere pintarla de verde. El color de la esperanza.
UN LUGAR QUE NECESITA DE MUCHAS MANOS VOLUNTARIAS...
DÉFICIT HABITACIONAL
Según las cifras oficiales, en el país existe un déficit habitacional de 450 mil viviendas. Para las oenegés, 700 mil paraguayos no pueden materializar el derecho humano fundamental del acceso a una vivienda digna. Al año, unas 15 mil familias se forman y generan demanda de vivienda.