En agosto de 1914, cuando Inglaterra ingresó a la Primera Guerra Mundial, solo un tercio de los ingleses en edad militar era plenamente apto para el servicio; otro tercio tenía deficiencias físicas y el tercio restante era por completo inepto. Aun siendo la primera potencia colonial mundial, el país no podía garantizar a su población una salud mejor. Sin embargo, la mayoría de los ingleses se dejó arrastrar por un militarismo que encubría las grandes diferencias sociales y económicas del momento.
El pobrerío alemán no ganaba nada matando a sus pares del otro bando, en vez de ocuparse de los problemas locales. Entonces existía en Alemania el derecho al voto, pero con tres categorías de votantes: el voto de clase A (por llamarle así) valía por tres; el de clase B, por dos; el de clase C (el popular), por uno solo. Francia era una república, pero no dejó de participar en la conferencia de Berlín (1884), donde las potencias europeas decidieron reconocer la independencia de dos países africanos (Liberia y Etiopía) y repartirse el resto.
Para algunos historiadores, el periodo comprendido entre 1870 y 1914 fue la era del imperialismo, no porque por primera vez hubiera imperios, sino porque existían una economía mundial y grandes empresas que, apoyadas por sus gobiernos, querían asegurarse la provisión de materia prima y el acceso a los mercados a nivel mundial. La verdadera causa de la Gran Guerra no fue el asesinato del príncipe heredero austríaco y su esposa en Sarajevo (junio de 1914), sino la rivalidad entre las potencias, ya alineadas antes del comienzo de las hostilidades. Por un lado, estaba la Triple Entente (Francia, Inglaterra, Rusia); por el otro, los Poderes Centrales (Alemania y Austria-Hungría). Después se sumaron otros países, y la guerra fue mundial: murieron 10 millones de soldados y otros tantos civiles.
En cuanto a la repartija del mundo efectuada para 1914, señalemos lo siguiente. Las posesiones de ultramar inglesas tenían una superficie de 30 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de habitantes; las francesas, 8 millones de kilómetros cuadrados y 48 millones de habitantes; las alemanas, 3 millones de kilómetros cuadrados y 12 millones de habitantes (cifras redondas).
Hoy la palabra imperialismo suena mal; entonces no, se consideraba como algo natural y beneficioso para las razas inferiores. En 1899, el poeta inglés Rudyard Kipling publicó su poesía La carga del hombre blanco, para apoyar a los norteamericanos en su guerra colonial en Filipinas. Según Kipling, las razas amarilla y negra son la carga de la raza blanca, que se toma el trabajo de civilizarlas y no se lo reconocen. Hoy no se puede ser tan abiertamente racista, sin que haya desaparecido el racismo, que opera en forma más discreta, como el imperialismo.