Chester Swann: Los trazos de una figura iconoclasta y rebelde

La partida del conocido humorista, músico y escritor permite una aproximación a aspectos poco conocidos de la vida de quien fue uno de los pioneros del rock nacional y su vasto legado literario.

Guaireño de nacimiento, Celso Aurelio Brizuela (1942) adoptó en su juventud el seudónimo literario con el que sería conocido vastamente: Chester Swann, como manera de buscar una nueva identidad y, a la vez, eludir prisiones y detenciones. Esto, debido a que su padre había sido miembro del movimiento guerrillero "14 de Mayo".

Tras diversas estadías en la Argentina, a su retorno se vuelca al dibujo y la música, incursionando en el rock, llegando a grabar en 2005 Trova salvaje. Desarrolla una amplia labor como humorista gráfico en los diarios más prestigiosos y en revistas locales, destacándose por su estilo personal iconoclasta y rebelde.

Premiado en diversos concursos de cuento a nivel nacional, escribe también una decena de novelas, aunque edita solo una: Razones de Estado (2005). Según consigna Teresa Méndez Faith, su decisión de no publicar su obra se debe a que el autor está, en sus propias palabras, "a favor del libro virtual o e-book, porque es una manera de no degradar el medio ambiente planetario".

Desde Luque, donde se radica a principios de los años 80, Chester participa en movimientos independientes y también colabora con varias oenegés en diversos proyectos sociopolíticos.

Acerca de su importante legado escriben Javier Viveros, Eulo García, Mario Casartelli y Nila López.

* El último vuelo del cisne

Por Eulo García

Chester Swann fue un referente de la cultura underground paraguaya, tanto en dictadura como en democracia.

Porque en los peores años era de esperanza ser rebelde, ir "caminando en la madrugada/ por esas calles de la ciudad"; y para más, con la "melena al viento y la guitarra al hombro", elementos suficientes para levantar no solo la sospecha de peligrosidad de parte de la policía, sino el odio mismo que despierta la ceguera que otorga el uniforme y la suprema orden del tirano.

Entonces había que bancarse a los "cachazudos con cachadas", y a las cachiporras y las cachetadas de aquellos entes ubicuos y obsecuentes del "perjurásico reptil".

Chester Swann conocía ese procedimiento por absurdo y reiterado. Pero era imposible. No había forma de acallarle las manos ni la boca, quizás porque la libertad es obstinada, o quizás, simplemente, porque la vanguardia es así, como dice el roquero argentino Charly García.

Y tan simples son a veces las cuestiones trascendentales, que de repente una canción, insumisa, en guardia, es capaz de hacerlo todo.

Y fue en 1973 --uno de esos peores años-- cuando el indomable Chester hizo todo en una canción: "Yo no me arrastro", que se convertiría en piedra basal de la música rock en Paraguay.

Influenciado por la corriente folk rock que preponderó en los sesenta (con las voces de Bob Dylan, Pete Seeger y Joan Báez a la cabeza); y la ya ineludible presencia espiritual de los Beatles (y John Lennon, en especial) y los Rolling Stones, Chester desafió al caretaje de la sociedad conservadora de su tiempo diciendo: "Mi facha rara provoca insultos, cuando la gente me ve pasar/ No ven sus vicios ni sus miserias, solo reparan en los demás/ Yo estoy muy alto, ¡pobres gusanos! ¡Yo no me arrastro, puedo volar!", colocando en estos versos un enclave para la resistencia y un empuje necesario para saltar los obstáculos engendrados por la dictadura.

Pero esta canción no solo es rabia escupida, sino que la misma es un maravilloso canto del Chester insumiso, a la insumisa libertad, aquella a la que poco le importan los condicionamientos de la sociedad ("no tengo nada pero soy libre/ me siento dueño de la ciudad"); y, desafiante e irónico, retrata en esencia y forma al agente burócrata y represor de la sociedad que nos gobierna: "Judas modernos, del oro esclavos/ A mí jamás me podrán comprar/ ¡Y se proclaman "hijos de Cristo"! ¡Habrase visto desfachatez!/ Por cinco reales, matan a un hombre; venden la madre; compran la ley/ ¡Oh! Gentes nada que ver... sigan arrastrándose/ Lenguas largas, cabellos cortos; moral en venta o en alquiler".

Cultura underground

Por todo esto, "Yo no me arrastro" es, además de una poderosa canción y piedra fundacional del rock paraguayo, una declaración de principios y un manifiesto filosófico e ideológico de lo que en su momento fue la cultura underground y, por tal, marginal, opuesta a las obligaciones morales que proponía e imponía la dictadura, pero cuya descripción y propuesta son de una actualidad vital para rescatar siempre lo esencial del arte y de la resistencia.

Por eso es que el mote de "Abuelo del rock" le calzaba perfecto a Chester Swann, por actitud, rebeldía e inteligencia, aunque él se definiera más de una vez como más juglar que otra cosa, un trovador cuya misión era plantar semillas de pensamiento en la cabeza de la gente.

En el 2005 reunió varias de sus canciones en el disco Trova Salvaje, entre las que destacan la mencionada "Yo no me arrastro", "Tektrus (entes)", "Triste guitarra", "Libertad", "Despertando", "Les propongo" y "¿Qué le pasará a mi gente?", que son un espejo fiel de su palabra asumida y su corazón inagotables, con los que recibía siempre a quien lo visitaba en su casa de la ciudad de Luque.

Y aunque sabemos de su fascinación por el vuelo y por auscultar incansablemente en los misterios del Universo, hoy nos cuesta más que un poco acostumbrarnos a su desaparición física. Es probable que a su espíritu libertario no le sea de tanto agrado esta tristeza que nos embarga hoy; pero más seguro estoy de que menos le agradará que no la dejemos fluir.

Porque la vanguardia es así también, como cuando canta el cisne y sabemos que ahí toda la belleza es posible, y que al despertar del sueño o del letargo, lo que recordemos de esa canción permanecerá, insumisa y fiel, en guardia.

* Los muchos Chésteres

Por Javier Viveros

El primer Chester al que conocí fue el Chester periodista; leí sus artículos en algunas revistas primeramente y en diarios vecinales después. En su prosa de elegante léxico podía abundar el humor, pero también el sarcasmo y la ironía.

Cuando visité ese templo del arte que era su casa, me cupo conocer al Chester músico, que se prodigaba en múltiples instrumentos. En medio de su siempre enriquecedora charla podía tomar súbitamente la guitarra para cantar una Balada de Johnny McGun o Yo no me arrastro, ese verdadero himno compuesto por el Abuelo del Rock Nacional.

Poco tiempo después me presentaron al Chester artesano.

Todavía tengo uno de sus trabajos en arcilla; la obra está compuesta de numerosas líneas curvas que se entrecruzan en un laberinto de geometría no euclidiana. Le pregunté qué simbolizaba y con su habitual sorna respondió: la burocracia.

Al Chester caricaturista lo conocí muy poco, solo a través de trabajos del pasado. Al Chester ilustrador pude verlo en acción con mucha frecuencia; estaba siempre sacando petróleo de entre los pixeles de su vieja Macintosh.

Fui testigo de cuando el Chester pintor produjo una serie de telas de tema astronómico. Tengo hasta ahora entre mis más preciadas posesiones dos obras suyas, un gigantesco cuadro con imágenes del Universo y otro más pequeño, de técnica mixta.

En los últimos tiempos redobló su eterna preocupación por lo que pasaba en el planeta; el Chester activista manifestaba insistentemente, a través de sus cartas ciudadanas e intervenciones radiales, sus diatribas y venablos contra la política, contra la estupidez y la mediocridad que corroen los cimientos del día a día.

Con el que más he conversado de arte fue con el Chester escritor, el que dejó una docena de novelas, cinco libros de cuento, varios poemarios e innumerables artículos periodísticos. Esos escritos, en su mayoría inéditos, que esperan por un editor con visión que pueda entregarlos a los brazos de la imprenta.

Contestatario congénito, loco genial, fue un guerrero de la libertad y de la cultura, un artista multifacético y de creatividad inagotable que bebió de la vida hasta las heces. También fue uno de esos espíritus libres que nacen para liberar conciencias y desenjaular mentes. Hubo muchos Chesteres, pero al que más extrañaré es al Chester amigo, al hermano mayor.

Te fuiste en paz con la vida y graduado de maestro de varias generaciones luqueñas. Nuestra gratitud es ya tan eterna como tu legado, lobo estepario.

* Un intelectual con todas las letras

Por Mario Casartelli

homerobach@hotmail.com

Se nos fue Chester Swann, otro hombre que recibió como una pedrada en el pecho el golpe de Estado que cometieron los que hoy usurpan el poder. Yo hubiese preferido no tener que hacer mención a la situación por la que hoy estamos atravesando, pero en el caso de Chester es inevitable. Su vida giró en torno a los avatares políticos del país. Y del mundo.

El genuino abuelo del rock nacional, el rebelde pelilargo que en los años 60 vibró con los Rolling Stones, con el legendario Festival de Woodstock, e hizo suya esa revolucionaria filosofía musical renovante, se nos fue.

En su juventud ya era conocido como ilustrador. Y no estuvo ajeno a ciertos vicios banales, pero el curso del tiempo le fue enseñando otras cosas. Dejó de lado superficialidades y fue adentrándose hacia sí mismo para reaparecer cambiado, mejor dicho crecido como ser humano, hacia los años 80. ¿Qué sucedió? Después de haber sufrido esas terribles décadas de represiones durante el stronismo y de haber sobrevivido a todo aquello, se puso a leer, a pensar y a observar la vida en proyección social.

Chester Swann se convirtió en un intelectual con todas las letras y comenzó a escribir de otro modo, con un bagaje de conocimientos envidiable. Pero nunca dejó de lado la música ni el dibujo. Siguió componiendo y las letras de sus canciones ya no hablaban de irracionales rebeldías, sino de cosas más profundas.

Escribió cuentos, novelas, ensayos y un sinfín de opiniones que hasta hace pocos días él mismo difundió en los espacios de internet. Su inquietud social fue inclaudicable. Nunca dejó de participar en encuentros por los derechos humanos.

Su amplitud de conocimientos quedó registrado en la prensa escrita y radial, y en las redes sociales de comunicación. Eran conocidas --y esperadas-- sus intervenciones en programas de radio, como los de Raúl Montero, Ramón Casco y el padre Oliva, de Fe y Alegría, donde él entraba a debatir con los oyentes. Y su presencia era sinónimo de aporte enriquecedor.

Tuvo sus momentos de alegría cuando creyó que transitábamos rumbo hacia una democracia auténtica Pero ocurrió lo del 22 de junio. Y Chester acusó el impacto. Así también se fueron otros valiosos paraguayos, como Juan Díaz Bordenave, Emilio Pérez Chaves, Celso Bazán, César Cataldo y otros...

Terrestre

"Imagina un mundo donde no existen fronteras. Imagina que no existan posesiones. Nada para defender ni matar por ello. Tú dirás que soy un soñador, pero no soy el único", cantaba John Lennon. Y esto me recuerda a una vieja anécdota de cuando Chester quería trabajar como dibujante en el diario Última Hora.

Hablé con los directivos de entonces, y me pidieron que presentara su currículum. Entre los datos que proporcionó, decía: "Nacionalidad: Terrestre". El administrador me llamó a su despacho y con cara de asombro me dijo: "Ko nde socio ningo itavyrai lento (Este amigo tuyo está medio loco)". Claro, cómo ese funcionario podía entender que lo que Chester proclamaba era una plena universalidad, por encima de todas las fronteras inventadas --o fabricadas-- por los hombres.

La semana pasada, exactamente el 7 de diciembre, me hizo llegar unos versos suyos y le dije que se prestaban para un rap. "¡Dale!", me respondió. Y me envió más textos. Todos en aras de un mundo mejor. Como siempre, qué hubiera yo imaginado que eran sus últimos envíos poéticos.

* Un hacedor

Por Nila López

Chester fue un alma pura. Creo que incluso esa alma tenía un sonido de paz y armonía. Él estuvo siempre en la posición de trabajar en el arte por el arte, idealista, sin cambiar jamás su postura de entrega al mundo, a la naturaleza, a la música, a la poesía, a las artes pláticas.

Lo conozco desde hace más de treinta años y hasta un día antes de su muerte mantuvimos el contacto. Estaba en el mejor momento de su producción literaria, narrativa y poética. Y su amor se transmitía a todo lo que lo rodeaba, roquero hasta el final, desde su moto y su indumentaria, hasta sus composiciones musicales y sus letras, que él mismo interpretaba con sus guitarras.

Era tan multifacético que cultivaba un jardín lleno de plantas medicinales, cuyas propiedades conocía al dedillo. Nunca se jactó de nada. Le encantaba transmitir sus conocimientos, compartirlos. Era un conversador extraordinario, cultivaba el "placer del charlismo".

Era generoso y humilde en su porte, sonriente, cariñoso, afable incluso con los desconocidos, y un compañero amorosísimo con Sharon.

Su pasión y su ternura hacia la vida fueron dos sentimientos inclaudicables.

Le encantaba hacer. Era un "hacedor" que no ponía límites a su imaginación, que trasladaba al campo, a la creatividad.

Estoy segura de que su espíritu se quedará siempre con nosotros, que no será un recuerdo, porque ha dejado una obra que lo dignifica.

¡Honor a la nobleza de un hombre fuera de serie, noble y altruista como pocos!

* Así escribía

Tomadme por loco si queréis, mas no dudéis de las palabras de este servidor. No me ofende profesar el desvarío ni la poesía contenida en los sutiles suspiros insondables del cosmos y que aún laten metafísicamente en mi interior.

La santa locura de lo místico me impulsó en vida a la búsqueda de lo absoluto, obcecándome neciamente en el mal llamado Sendero de la Bienaventuranza y la "salvación". Conseguí, tras negármelo todo a mí mismo durante la vida, trasponer las puertas del Paraíso tras mi desencarnación física, pero... ¡a qué precio, amigos! Me autoflagelé con el látigo de la templanza, me marginé con las alambradas espinosas de una falsa humildad, e inmolé los goces de la materia viviente, en el ara hipócrita de las virtudes farisaicas. En fin, me torturé ¿santamente? Para poder tener el dudoso privilegio de integrar la legión de los castísimos bienaventurados. Es decir, de los enemigos de la efímera pero voluptuosa alegría, que endulza de tanto en tanto --y con menguada frecuencia-- nuestra azarosa pasantía en el Valle de Lágrimas.

No negaré la dicha que me produjo mi ingreso al Empíreo tras la muerte física. Todo luz, todo claridad; música angélica de galácticos instrumentos y espirituales voces de cristalino timbre... ¡al punto del hartazgo! La mistérica y severa paternalidad del viejo demiurgo Sabaoth nos inspiraba más temor que amor.

(*) Del relato "De cómo un alma bienaventurada huyó del paraíso celestial", ganador del Primer Premio del Concurso de Cuentos del Club Centenario 2000.

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