Correo Semanal

Che rúpe purahéi

 

Mario Rubén Álvarez

En nuestro país –en general–, se idolatra a las madres y –en general, también–, casi se olvida a los padres. Esa situación de hecho se refleja en el cancionero popular. Tal vez no haya poeta que no haya encendido lo mejor de su repertorio verbal para dedicarle unas estrofas a su madre. Quizá no haya compositor que no escarbara en su mina de melodías para ofrecer lo más espléndido a su progenitora.

Hurgando en la producción poético-musical detrás de canciones inspiradas en los papás, es poco lo que se encuentra. Casi nada.

En ese universo pequeño de letras y músicas generadas por el amor a los hombres que aportaron lo suyo para que tiernas sonrisas llegaran al mundo para sumar sus itinerarios a la vida, es posible hallar una polca donde Ferminiano Ozuna Valenzuela –músico, poeta, compositor y marinero, nacido en General Díaz (Departamento de Ñe’êmbuku), el 11 de octubre de 1944– ensalza a su padre.

Ferminiano relata que él era un ta’ýra okára (hijo nacido fuera del matrimonio formal), pero que aun así su padre le inscribió con su apellido y, a los cinco años, lo llevó a la casa de su abuela Eloísa Giménez en General Díaz. Los lineamientos principales de la educación del niño le fueron dados por su padre a su madre para que los tuviera en cuenta. E intervenía de manera directa cuando las circunstancias así lo requerían.

“Papá era duro en la disciplina, pero me quería. Se llamaba Francisco Ozuna Giménez. Fui a la escuela y al terminar la primaria me llevó a vivir con él y su familia. Como veía que la tierra para la agricultura se estaba agotando y detrás del machete y la azada mi porvenir era incierto, me alentó a seguir estudiando”, rememora Ozuna Valenzuela.

Como muchos paraguayos, aquel adolescente que andaba a orillas del Paranamí –un brazo de su padre, el Paraná–, tuvo que salir de su valle. Tenía 14 años. Su destino fue la Escuela de Transmisiones, del Ejército, en Asunción. Después pasó al Comando de Ingeniería; ya como sargento ayudante de Transmisiones, lo trasladaron a Pozo Azul, Chaco, como radioperador. Entonces el Comando de Ingeniería construía la Ruta Transchaco.

Aquel fue un tiempo de aprendizajes para aquel muchacho lleno de sueños. Andando, terminó la secundaria. Un soldado le enseñó las primeras notas de la guitarra que ya no era un remedo de ese instrumento que él, por su amor a la música que traía desde su muy tierna edad, había construido del jata’i rapo (raíz de jata’i, palmácea baja que abundaba en el entorno de General Díaz).

“Tenía 19 años y deseaba irme al Colegio Militar porque ingeniero no iba a poder ser. Quería ser oficial. Como mis superiores veían en mí cualidades para ser también oficial, me dieron la oportunidad de probar el Colegio Militar. Allí estuve cinco años y elegí como arma la Marina”, recuerda quien hoy es capitán de Navío ya retirado.

Retorno y regalo

Como oficial de la Armada ya, prestó servicios en Bahía Negra, en el Alto Paraguay. “En 1970, después de tres años sin volver a casa, me tocaba retornar. Quería llevarle un regalo muy especial a papá. Escribí en junio de ese año Che rúpe purahéi. Al llegar, en Navidad, le recité y se llenó de emoción confundiéndonos en un largo abrazo. En los años posteriores, entre General Díaz y Bahía Negra, la poesía fue vistiéndose de música de mi inspiración. Él escuchó más tarde la música y lloró. Lloramos”, recuerda.

Los primeros en grabarlo fueron los del conjunto de Pablo Barrios, con el dúo Barrios-Saldívar (Andrés Cuenca). Posteriormente lo hicieron Pablito y Céver Barrios, Pascual Torres Etcheverry y Lilian Romero.

Alguna vez su abuela le contó que además de los ríos que ellos veían había otro más grande y otro más grande aún, que es el mar. Y que pasando esas aguas infinitas se llegaba a países donde era de noche cuando en el Paraguay era aún de día. Acaso el secreto afán de corroborar lo que ella le había dicho, hizo que escogiera la Marina como destino de vida.

“Viajé primero a lugares cercanos, Buenos Aires y Montevideo. Luego pasé el océano para llegar a las Islas Canarias, Rotterdam y Hamburgo. Con mis propios ojos constaté que era verdad cuanto me había dicho alguna vez abuela. Papá estaba orgulloso de mí por poder cumplir ese sueño”, concluye Ferminiano.

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