Es curioso: en las facultades de periodismo y en las redacciones nos enseñan a escribir siempre sobre los demás y nunca sobre nosotros. “No hacer periodismo sobre periodistas”, reza una clásica regla del gremio. Y, sin embargo, entre miles de columnas y artículos a lo largo de mi carrera, ninguno tuvo tanto eco y trascendencia como el que en mayo de 2009 publiqué en ÚH sobre la muerte de mi madre, o la extensa Carta escrita desde el borde de la vida que divulgué en mi blog en estos días, tras la experiencia de haber sufrido un infarto agudo del miocardio y lograr sobrevivir para contarlo.
Debe ser porque, en algún punto, nuestra historia se convierte también en la historia de muchos. Los periodistas y escritores tenemos (se supone) el don de poder expresar mejor lo que otras personas sienten necesidad y a veces no encuentran el modo. Efecto espejo: mucha gente que me escribe o llama para contarme cómo mi carta los hace emocionar, llorar, reír, alegrar, asustar, preocupar... y sobre todo cuestionar el frenético ritmo de vida y de trabajo, la alocada carrera hacia ninguna parte, que a veces lleva a descuidar lo realmente prioritario.
La carta es larga, y quienes aún no la leyeron la pueden hallar en www.andrescolman.blogspot.com, pero la esencia es tan simple y elemental, que a menudo la olvidamos: nada de lo que consideramos urgente o importante en la vida tiene realmente sentido si no lo equilibramos con el tiempo necesario que debemos darnos para compartir con la familia, los amigos, los afectos, el adecuado relax para ser y sentirse uno mismo, el cuidado de la buena salud... la verdadera felicidad.
Hoy soy el mismo... pero soy otro. Nadie pasa por una experiencia límite, como la de tutearse cara a cara con la muerte, sin que se produzcan transformaciones profundas en su interior, y lo conduzcan a replantearse cuestiones existenciales sobre lo que significa realmente vivir, amar, ser, estar, compartir, ser corresponsable, creer o no creer en algo superior. Todavía estoy en reposo médico, controlándome, dejándome cuidar, disfrutando de la experiencia de nacer de nuevo, pero he querido retomar esta columna semanal en ÚH, para agradecer públicamente a tantos queridos amigos y amigas, lectores y lectoras, que me hicieron llegar sus conmovedores mensajes y oraciones, preocupaciones y buenos deseos, tejiendo una poderosa red de energía que me envolvió y me dio fuerzas para resistir y regresar a la vida, con más ánimo y voluntad que nunca.
Tuve tentaciones de escribir esta retomada columna sobre tantos otros temas: el anuncio del retorno de los restos del tiranosaurio, el surrealista robo de los huesos de un animal prehistórico... pero ya tendremos tiempo. Hoy déjenme darles un abrazo inconmensurable como la vida, y decirles simplemente, con la voz quebrada y los ojos humedecidos: ¡Muchas gracias por estar siempre allí, desde el otro lado del papel y la pantalla!