12 abr. 2026

Camino a la distopía

En 1516 Sir Thomas Moore (odiosamente traducido como Tomás Moro) concibió en Utopía una sociedad perfecta, en todos los sentidos, en una isla del Atlántico. En 1868 Greg Webber y John Stuart Mill dieron un discurso ante el Parlamento Británico, donde el último se refirió a sus adversarios políticos como “distópicos” o “cacotópicos”, porque decía que lo utópico era algo demasiado bueno como para ser practicable, mientras que sus oponentes proponían algo demasiado malo como para ser realizable.

Una distopía sería ese lugar imaginario donde todo lo malo ocurre. Se la suele describir como una sociedad caótica, dominada por el terror, por las carencias, con gobernantes opresores. Concepto muy utilizado principalmente en la literatura anglosajona de ciencia ficción, donde siempre existe un régimen totalitario, degradación moral de los habitantes, tal vez algún grupo rebelde y, un héroe, un guía que busque la libertad, en algunos casos la consiguen, o huyen a otro lugar, o mueren en el intento.

El problema en nuestro país es que tenemos más políticos cacotópicos que utópicos. Por eso, esa molesta costumbre de crear las bancadas separadas en los partidos con representación en el Congreso, más por motivos frívolos que por estrategia política. O la táctica de dejar sin quórum las sesiones o de pelearse y traicionarse entre sí por las mesas directivas y las comisiones. La innumerable cantidad de movimientos internos es otra señal.

Son cacotópicas las contradicciones del presidente, donde se nota muy bien la capacidad cacotópica de sus ya legendarios asesores. Parece que hacer un recuento sería interminable, aunque su condena y posterior congratulación con la conformación de presidencia de la Corte Suprema; la reivindicación, visita, ascenso y suspenso de un militar condenado en la Argentina; la creación y no creación de su propio partido y, en general, la insistencia en nombrar a personas cuestionadas en ciertos cargos, hacen asomar un futuro bien distópico.

Aparentemente, el problema sobre la inamovilidad de los ministros de la cúpula del Poder Judicial se someterá a consulta en Costa Rica. Después de unos años, si llegara a darse un fallo difícilmente podríamos esperar que la OEA envíe tropas a desalojar a los honorables doctores de sus despachos (todas sus actuaciones judiciales probablemente deberán ser anuladas y vueltas a juzgar con los nuevos miembros, que todavía deberán ser designados, bastante complicado el asunto...). Aunque si el resultado les favoreciera a los magistrados que no son magistrados, la situación de varios legisladores sería dudosa, ya que no han acatado decisiones de la máxima instancia judicial. Mucho cambiaría en las distintas bancadas. Y, si tenemos suerte, los ministros recontrainamovilizados podrían pedir un resarcimiento económico al Estado, ellos mismos lo juzgarían con muchísima imparcialidad. Era ironía.

Entre la antropofagia política opositora -aparentemente casi todos los senadores y diputados lo son, salvo excepciones- y la mezcla de indefinición ideológica o un secreto plan para acercarnos a las ya vigentes cacotopías de Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, podemos suponer que se perderán años y recursos. O podemos seguir esperando a ese héroe que nos muestre el camino, que creímos apareció un 29 de marzo y se consagró un 20 abril.