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Buscó una prótesis y el destino le puso enfrente a su compañero de vida

 

Se conocieron hace dos años, cuando ella fue a buscar una prótesis. Pasó una infancia y adolescencia rodeada del amor de los suyos, así como del rechazo silencioso de algunos.

Juntos cuentan su romántica historia a los beneficiarios de la fundación Teletón, que sirve de inspiración para poder sobreponerse a la adversidad que representa una discapacidad.

Íngrid Ortega, de Areguá, nació sin una mano. Tiene cuatro hermanas. Cuando era chica no distinguía que era diferente a los demás. Después empezó a darse cuenta de que no tenía dos manos como sus otras hermanas, como sus compañeros de escuela. A veces eso la entristecía, otras veces se sentía fuerte.

A sus padres les costó asimilar al principio. Pero supieron guiarla para que crezca con confianza en sí misma.

“Una vez le pregunté a mi mamá ¿por qué yo nací así, por qué no puedo ser como mis hermanas, por qué ellas sí tienen dos manos y yo no? Y ella me dijo que cuando sea grande iba a entender mi propósito porque nada pasaba si no había un propósito”, resalta como un axioma de cabecera.

De adolescente –recuerda– tuvo que lidiar con el rechazo de chicos de su edad, quienes al notar que le faltaba una mano, se alejaban de ella.

“Muchísimas veces de mi vida me sentí rechazada y muchas veces no entendía; porque no me sentía una chica fea, yo sabía que no era fea”, refiere, sin que por eso se le pasara por su mente justamente que los muchachos no se gustaban de ella por su “bracito”.

Pero eso forjó en ella una personalidad definida: “Me molestaba muchísimo que se refieran a mí como la chica que no tiene brazo. Y eso se hace, yo misma a veces decía ‘la chica bajita, el chico gordito’”.

Ella se sentía fuerte y capaz: “Que podía estudiar y trabajar” como cualquiera. Hoy es profesional en diseño gráfico.

“Pero lo que no sabía y no estaba dentro de mis posibilidades de saber era si alguien me iba a amar tal cual soy. Y a veces uno duda. Me preguntaba demasiadas veces: ¿por qué mis hermanas sí tienen dos brazos? y demasiado quería que llegue el momento de poder entender”, rememora al punto que actualmente “retumba” en su cabeza lo que le había dicho su madre: que había un propósito. Se preguntaba qué podía hacer para cambiar su situación, “porque el que tiene problema de peso tiene una solución, se requiere solo de determinación. Pero por más determinación que me ponga, yo no puedo cambiar mi realidad, solo cambiar mi mentalidad”, resalta.

Así fue como, en 2016, llegó a la Fundación Po Paraguay, que diseña y desarrolla prótesis en impresión 3D. Y no solo consiguió su primer brazo ortopédico, sino que supo conquistar el corazón de su fabricante: Mateo Acosta, uno de los ingenieros electrónicos de la referida organización.

Casi al instante se hicieron amigos. Era el mes de julio. Ella asume que desde el principio le gustaba, pero él se cuidaba atendiendo a que era una nueva usuaria. Pero en diciembre de ese mismo año la invitó a una actividad organizada por la fundación.

“Empezamos como amigos, nos hicimos novios y nos comprometimos. Quizás para el mundo rápidamente, para mí fue un proceso supernatural”, afirma Mateo. Se casaron el 23 de setiembre. “Lo que más me enamora de ella es esa energía positiva, esos colores de su vida”, dice, a lo que Íngrid añade: “Él nunca me vio como una persona con discapacidad. Veía como si fuera magia, como la única pieza que faltaba para que yo me sintiera totalmente realizada y completa”.

Asumir su discapacidad, remarca Íngrid, le cambió la forma de encarar la vida y espera que sirva de inspiración.

“Si mi historia ayuda a que otras personas con otra discapacidad o con mi misma condición, puedan superarse, para mí es un logro”, culmina.

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