Opinión

Borges y el sistema decimal

Blas Brítez

Hace unos meses se cumplieron ciento veinte años del nacimiento de Jorge Luis Borges. Ciento veinte. No cien.

Dicen que cuando murió su madre, doña Leonor Acevedo —en julio de 1975 y a los 99 años—, una vecina del 6º B de la calle Maipú 944 (en donde convivieron progenitora y escritor más de cuatro décadas) comentó que era una pena que a doña Leonor le faltara poco para llegar viva a los cien. Borges estaba allí cuando aquella mujer dijo esto, obviamente. Quien declaró en 1955 ser los ojos del escritor y temer la muerte solo por el posible futuro desvalido de su hijo sin su ayuda, yacía muerta cuando el autor de Historia universal de la infamia, a la sazón con 76 años, le contestó a la vecina: “Me parece que exagera usted el prestigio del sistema decimal”.

El centenario de su autor, en los umbrales del nuevo milenio y del predominio del Aleph digital, fue una de esas exageraciones mundiales a que nos empuja el prestigio redondo del sistema decimal que Borges denunció como arbitrario hace cuatro décadas. Es posible que, de haber estado vivo, deplorara la magnificencia hueca de los fastos de su centuria, tanto como los del fatuo nacionalismo bicentenario que nuestros países perpetraron en la década que declina. Aunque también podría suceder que se dejara llevar de un lugar a otro para participar de ambos rimbombantes exabruptos, siempre con la daga dulce de su habitual ironía en la punta de la lengua.

Tal vez estas evocaciones colectivas con sus personajes —militares y civiles, nacionalistas y liberales— sean parte de lo que el sociólogo francés Alain Mons llamó “economía ficcional”: el “fenómeno intensivo de la espectacularización pública” de todo lo privado y lo social, en una época en la que “la ficción y la realidad se confunden inextricablemente”. Todo muy borgiano el lenguaje de Mons, pero ni olisqueaba la Red en 1992, cuando escribió La metáfora social. Aquellas grandilocuentes celebraciones narran la trayectoria vital de las personas y los acontecimientos de la historia en clave espectacular, metafórica o metonímica, siempre escenificada, vaciada inevitablemente de vida real porque lo que hace es convocar a los muertos para apropiarse de su memoria. Así, por ejemplo, fue la conmemoración en 1989, en las calles de París. Un fenómeno intensivo: las pantallas luminosas de las marcas y la retórica oficial sonando con un oportuno dejo pop, cuando han pasado dos siglos de la Revolución que fue el despunte del mundo en el que todavía vivimos.

No obstante, cuando Borges tenía veintiséis pensaba que acordarse “cada cien años de un hombre, de un libro, de una hazaña” era una “acertada inversión”. Paradojas temporales de quien gustaba de ellas y que entonces todavía tenía tibia en el recuerdo —aunque lo negara— la escritura de poemas entusiastas dedicados a la Revolución rusa; de quien, en lo sucesivo, detestaría el populismo de Juan Domingo Perón, quien lo redujo —apócrifamente, como le convenía al escritor— de director de biblioteca a inspector de aves de corral. Un atendible y prosaico drama de funcionario público el de Borges en la década de los 40.

También antes de llegar a los 30 años, el narrador y poeta consideró “de uso” escribir para una revista de vanguardia sobre los tres siglos que pasaron del nacimiento de Góngora, un poeta que un poco más tarde le importaría bastante menos, pero que obnubilaba a los jóvenes españoles con quienes Borges había crecido intelectualmente, hasta el punto de reclamarse resucitadores suyos. Había en Borges todavía entonces un españolito de Sevilla, para quien la Buenos Aires recuperada y ruidosa de los años 20 se había convertido en una metafísica del pasado, con su aljibe y su puerta cancel y su obispo Berkeley para ahogar los tiempos que se han ido. En toda una literatura.

Por eso considero “de uso” escribir sobre Borges, a pesar de la amonestación de cuando murió su madre. Doce veces suman diez desde que abrió los ojos —que se le dormirían antes de morir— para comenzar a tramar sus laberintos.

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