El pasado 12 de junio, en el barrio General Díaz, de Asunción, tuvo lugar un acontecimiento que hoy los vecinos recuerdan con un sentimiento de profunda pérdida. Unas máquinas se aproximaron a las calles Independencia Nacional y Quinta, en el que se levantaba el antiguo Restaurante Carioca, y procedieron a echarlo abajo. Miradas atónitas, lágrimas y la sensación de que algo fue robado, todo esto y más se entrecruzó en el interior de los pobladores que observaron el derrumbe.
Y es que este lugar, además de ser un negocio gastronómico, prácticamente formaba parte de la identidad del barrio, por las historias y los encuentros compartidos entre sus ricos y generosos platos.
Por décadas, en el lugar se mezcló el aroma a parrillada, milanesas y el bife a lo pobre, que según los testimonios de los pobladores, presentaba un plato muy cargado de carne vacuna, abundante cebolla, papas fritas y dos huevos fritos. Dicho plato se presentaba en otra modalidad, la milanesa a lo pobre, que los visitantes compartían entre sí.
Francisco Alonso, cuya familia fue dueña de la propiedad, contó a Última Hora que todo comenzó luego de que su padre, un inmigrante español que huyó de la Primera Guerra Mundial, adquiriera la propiedad en la década de 1930, aproximadamente.
“Mi papá nació en 1905, vino de España, corrió de la guerra y había pobreza. Entonces se vino primero a Argentina y pasó a Paraguay. (...). Tuvo un negocio, compró construido (el que sería el Carioca); en la época de la Revolución del 47 no podía ir a jugar bochas al club Sol de América, entonces armó una cancha en el patio del Carioca, y ya cerca de los 50 se habilitó”, resume Alonso.
En sus inicios, el local fue alquilado por Tito Calvo y Julia Escobar. Fue el hermano, Crescencio Escobar, un antiguo cocinero de barcos, quien creó el famoso bife a lo pobre, señala Alonso.
“Cuando yo viajaba a Buenos Aires a alguna fábrica a buscar artículos de ferretería, me decían: '¿De dónde es, señor?’. ‘De Paraguay’, les respondía. '¡Bife a lo pobre, Bar Carioca!’, gritaban allá. Cinco colectivos, siempre había, de los argentinos que venían de turismo. Y toditos ahí detrás de ese bife porque era abundante. Comían entre dos tranquilamente. Era una fuente, no era plato”, recuerda.
Según vecinos consultados por este diario, el lugar sirvió inclusive como puesto de ametralladoras durante la Revolución de 1947, y hasta hace poco se podía ver el rastro de una bala en una columna.
El señor Alonso, por su parte, recuerda que el Carioca era un lugar de pintorescos acontecimientos. Recuerda que el restaurante vivió sus años de esplendor entre 50, 60 y 70, y que vio desfilar a personalidades como Luis Alberto del Paraná, quien en un mediodía inolvidable compitió en falsetes con el boliviano Raúl Shaw Moreno. Esto incluso detuvo el tránsito de la zona, atrayendo la atención de los interesados.
Ante el derrumbe, los vecinos rememoran encuentros y tradición
El declive del bar Carioca comenzó con el cambio de siglo. Alheli Urbieta, pobladora de la zona, recuerda que diez años atrás, tras el cierre del Carioca en el 2016, comenzó a funcionar un gimnasio en el mismo lugar.
“El dueño que alquilaba, mantuvo toda la infraestructura, trató de mantener lo que pudo, pero ya se venía abajo también (el local). Modificó solamente la parte del salón, donde no conservaban ninguna parte colonial. Él trataba de mantener la fachada”, cuenta Urbieta.
Pobladores consultados por este diario coinciden en que hubo distintos factores que se unieron para que se diera el cierre, como por ejemplo la disminución en la calidad de los platos ofrecidos.
El principal factor, sin embargo, fue la propuesta, por parte de empresarios, de comprar el lugar por alrededor de USD 200.000 dólares, para explotarlo comercialmente.
“Murió papá y se dividió (la herencia). Lo que pasa es que al hacer la división, eso le tocó a mi hermano, que murió, quedaron los sobrinos y de golpe nadie nos enteramos que vendieron”, asegura el señor Francisco Alonso.
En estos días, los pobladores que caminan por el lugar, acostumbran quedarse frente a las ruinas del Carioca, mirando como abstraídos por los recuerdos. Los vecinos piensan más allá de los escombros, apreciando los encuentros familiares y amistosos que no volverán.
Urbieta, que reside en el barrio desde hace 44 años, recuerda las milanesas gigantes y que el lugar era un punto obligatorio, en el que “venía todo el mundo” porque “era el corazón del barrio”. El interés por visitar el lugar se extendió a sitios como Caacupé, Trinidad, y otros puntos lejanos del país.
Los vecinos también recuerdan el lugar identificando a un personaje conocido como el señor Rubén Benítez, apreciado vendedor de cigarrillos y golosinas. “Estuvo 52 años vendiendo dentro del Carioca. Era un señor que tenía un ojo totalmente ciego y el otro apenas veía. La gente le pagaba y él confiaba en lo que le daban”, dice el señor Alonso.
En la fecha del derrumbe, la diputada Rocío Vallejo compartió una publicación del lugar, resaltando el valor otorgado por los vecinos. “Se derrumba parte de la historia de muchos. El Carioca es parte de la historia de mi familia, (...) hoy esos recuerdos solo quedan en la mente, pues el edificio que albergaba dicho restaurante está siendo demolido”, escribió.
La publicación obtuvo cientos de reacciones y comentarios, sobre todo de antiguos clientes que compartieron el espacio. “Después de muchos años volví y ya no era lo mismo, (...), ya no era ni sombra de sus buenos tiempos, mi padre me había contado que originariamente te servían también una copia de vino de la casa, eso ya no lo probé”, escribió el usuario París González Palumbo.
De hecho, según los recuerdos del señor Alonso, al lugar solía acudir, a comienzos de los setenta, un grupo de hombres a los que llamaban los “Selectos”, atendiendo a que se reunían en grupo para beber un vino de la casa con el mismo nombre.
El bar también fue un lugar significativo para el conocido río Los Bemoles, como recuerda Alonso: “Ellos eran hermanos, y yo me acuerdo cuando empezaban a un costadito con la guitarra y a cantar. (...) No se les conocía, armaron el trío para ahí y empezaron a actuar”. Todos estos momentos permanecen hoy en la memoria colectiva, como un refugio para quienes se aferran a su historia, aunque no pueda protegerla.
- “Era un lugar simbólico el Bar Carioca. Era la vida del barrio. El corazón. Todos quería ir los fines de semana”. Francisco Alonso, poblador.
- “El restaurante Carioca es parte de la historia de mi familia. Se derrumba una parte de la historia de muchos”. Rocío Vallejo, diputada.