Por Luis Bareiro |
La joven avanzaba por la avenida costanera alternando la mirada del bulevar al tablero de control. Se estaba quedando sin energía y todavía faltaban 20 kilómetros para la próxima estación.
Su utilitario atravesó la zona del hospital de Chacarita, remodelado luego de varias protestas. Los vecinos, reubicados durante la construcción de la Franja Costera, pasaron de una villa miseria a un barrio de clase media, y con el nuevo estatus se pusieron exigentes. Su colegio público fue el último en contar con un ordenador por alumno, pero, en compensación, debieron instalarles equipos más nuevos.
Paró en la estación y conectó la manguera a la batería central. La recarga se demoraría 15 minutos. Tiempo para estirar las piernas.
La tecnología de autos eléctricos era todavía rudimentaria, pero, como toda su generación, aceptaba de buen grado renunciar a cierta comodidad con tal de garantizar oxígeno para sus pulmones. No era una fanática, pero asumía su cuota de responsabilidad ecológica. Después de todo, era la especie humana la que estaba en peligro.
Afortunadamente, el precio de la electricidad volvió a bajar. Las negociaciones con Brasil seguían siendo complicadas, pero había progresos notables.
Itaipú iba camino de convertir al país en la nueva Venezuela.
Luz verde. Pasó la tarjeta estudiantil por la ranura de la máquina y la pantalla líquida le reveló que el subsidio para transporte estaba casi agotado.
Tendría que visitar al amarrete de su padre, anunciarle que la beca era casi suya y recordarle, muy de paso, que necesitaría otro ligero aporte financiero para completar la carrera.
Él entendería. Los niveles de exigencia de la universidad se habían multiplicado en los últimos diez años. No fue fácil. Hubo protestas estudiantiles y discursos populistas hasta el hartazgo, pero, finalmente, todos terminaron admitiendo la absoluta necesidad de un mayor rigor académico.
Los títulos huecos fueron perdiendo valor. El conocimiento genuino recuperó el primer lugar en la consideración pública. En solo tres años, dos tercios de las universidades acostumbradas a la venta de títulos se extinguieron.
Subió al auto, encendió la radio. La costumbre de escuchar noticias de camino a la facultad la exponía a los sinsabores de la realidad. Los precios de la soja y el sésamo volvieron a caer afectando al 35 por ciento de las exportaciones. El resto, convertido en alimentos procesados, se vendía con mucho mejor precio en Europa y EEUU.
La aplicación de tecnología en el campo era lenta, pero avanzaba ininterrumpidamente desde que pequeños y grandes productores arribaron a los primeros acuerdos de cooperación en la década pasada.
Cadenas de producción exitosas desterraron liderazgos politizados y radicalización ideológica. Unos y otros cayeron en la cuenta de que aquello no era una guerra de clases, sino un negocio compartido.
Murió un ministro de la Corte. Un par de escándalos privados le habían dado publicidad, pero nadie puso en duda su honorabilidad como magistrado.
Alcanzar notoriedad en el derecho implicaba un tremendo esfuerzo académico y un respeto irrestricto a las reglas del juego desde que la letra de la ley se convirtió en soberana absoluta en los estrados. Parir esa nueva justicia fue harto complicado. Un generoso acuerdo político la gestó cuatro lustros atrás.
Llegó a la facultad. El sol moribundo de la tarde le confería un aire mágico al edificio. Aspiró profundo antes de entrar. Amaba su carrera. Y era un buen país para trabajar. No el ideal; pero podía llegar a serlo.
Adentro le aguardaba una fiesta sorpresa.
Era el 11 de marzo de 2030.
Joaquina cumplía 21 años.
Nació la semana pasada.
Es mi hija. Y es el país que sueño para ella. No es mucho; apenas uno posible.