Revista Pausa

Ana Ivanova: técnica e intuición

En una entrevista íntima y cercana, la prestigiosa actriz paraguaya reflexiona sobre el oficio de actuar y la necesidad de descentralizar la cultura en Paraguay.

La actriz Ana Ivanova debutó en la pantalla en 1999. A partir de esa experiencia, las oportunidades en el arte empezaron a surgir en su camino profesional, nutriendo su vasta experiencia en cine y teatro. La intérprete es la encargada de dar vida a Angy, uno de los personajes principales de Las Herederas, ópera prima de Marcelo Martinessi, ganadora de numero­sos premios en festivales de todo el mundo.

Lo que no se ve

Afable y burbujeante, Ana se encuentra con noso­tros en un café de la ciudad. En una espontánea en­trevista, nos cuenta que en 2018 no pisó las tablas, por primera vez en sus casi 20 años de carrera. “Fue una decisión sabia”, asegura. El año pasado deci­dió hacer un hiato en su faceta actoral para poder acompañar al equipo de Las Herederas en su ardua gira internacional. A casi un año de su estreno en la Berlinale, la película sigue su recorrido por distintos países. “Cada festival tuvo su dinámica propia. A veces teníamos más de uno al mismo tiempo, algo muy lindo. Después de Berlín pasó algo muy emo­cionante: una noche, el productor (Sebastián Peña Escobar) estaba en Chile, Marcelo en Ámsterdam y Margarita (Irún) y yo, en Gramado. Ganamos 10 pre­mios. Fue como un subidón de la película”, comenta.

Ana es, a pesar de todo, una persona muy sencilla. Su pasión por lo que hace traspasa su mirada y sus gestos. Nos asegura que el glamour que se ve en las fotos de las alfombras rojas no lo es todo. “Por ejem­plo, en una de las fotos en Berlín se nos ve sonrientes. Y no se ven las horas que estuvimos paradas, cómo tuvimos que caminar por una escalera larguísima con Margarita y Ana (Brun), saludar y luego salir con la luz apagada. El imaginario colectivo te coloca mu­chas veces en otro lugar y construye cosas alrededor tuyo. Ese es un aspecto en nuestra profesión. Es eso también, pero no solamente eso”, reflexiona.

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Ana Ivanova para Revista Pausa.<br>
Ana Ivanova para Revista Pausa.

Estar delante de las cámaras promocionando la película es, según ella, emocionante pero intimidante. “Es un mundo superfascinante, es una experiencia de vida. Es otro momento del trabajo, muy diferen­te al set, muy alejado del proceso de creación del personaje, que es realmente lo que más se disfruta”, asegura. El haber estado en varios de los festivales más importantes del mundo con su equipo le dio la chance de compartir con colegas de gran renombre. “Hay muchas cosas especiales que no salen en las fotos. Cuando estamos juntos, somos todos iguales. Te ves conversando superrelajada con mucha gente que admirás. Me sorprendió que de repente me decían: ‘Sí, me acuerdo de vos’. Es algo superlindo”.

Camino hacia el arte

Si bien Ana es hoy una de las actrices más destaca­das del entorno artístico local, no siempre se dedicó a la actuación. “Yo tenía otra vida antes, estudiaba Auditoría y Contaduría Pública y Análisis de Siste­mas. Incluso llegué a escribir libros de educación a distancia y enseñaba computación”, cuenta. Una oportunidad surgió en el año 1999 bajo la dirección de Pato Masera, en un comercial de ropas. Entre risas, nos asegura que nunca recitó en el colegio: su contacto con el teatro se produjo mucho después.

Aún vivía de la computación cuando inició sus estudios de teatro en el Instituto Municipal de Arte en el 2003. “Empecé a estudiar y tuve la suerte de comenzar a trabajar enseguida en producciones en el ámbito artístico. Fue una carrera recta, hacia arri­ba. Para cuando me quise dar cuenta, ya estaba ahí”, cuenta Ana, y afirma que la posibilidad de manejar su propio tiempo le ayudó al momento de decidir dedicarse exclusivamente al arte.

El lenguaje de las tablas

Ana inició su carrera artística en el teatro y siem­pre supo que su camino no sería predecible. “Como trabajé en muchos lenguajes en el teatro, siempre me gustó experimentar. No me quedé nunca con una compañía”, dice. Se refiere a su carrera como un camino en blanco, donde el siguiente paso nun­ca está a la vista.

Su carácter va de lo sociable a lo introspectivo, y es justamente esta ambivalencia una de sus ri­quezas como intérprete. “Soy un ser muy sociable, pero también me gustan los encuentros de calidad con la gente… Conectar, vivir un encuentro espe­cial. Que exista el diálogo. Tengo también muchos motivos para contar con un lado introvertido”, dice. Para su oficio, considera crucial la entrega: “Es importante entender que te das al otro, tener conciencia de ello, escucharle al otro. También se necesita saber desplazar el ego”.

Valora la influencia positiva de varios referentes con los que trabajó: “Estuve tres años con Miguel Gómez. Le debo mucho de mi ser interpretativo a él. Agustín Gómez no fue mi maestro, ¡justo no me tocó como profesor en el IMA!, pero trabajé muchí­simo con él y también fue muy importante”. Como actriz, considera fundamental exponerse a todo tipo de experiencias de trabajo: “Muchas veces me dicen: ‘Con ese director no vayas a trabajar’, ¡y yo con ese quiero trabajar! Quiero hacerlo para pro­bar. Te pueden aconsejar y decir cosas, pero hasta que vos no vivas, no sabés. Es tu experiencia, tu momento. Los consejos son útiles, pero las expe­riencias son intransferibles”.

Así como atesora cada experiencia, valora cada rol que encarnó y cada persona con la que trabajó. “Yo quiero nutrirme para poder generar cosas nuevas y recibir es dar: hay un flujo, un intercambio todo el tiempo. En el arte no me quedo con un solo tipo de lenguaje. Trabajé con varios directores, cada uno va construyendo su carrera y su persona. Me parece que es muy importante la ética personal, más que nada”. Asegura que la ética es incluso más impor­tante que la técnica. Y que la técnica se construye permanentemente, sin descanso. Ana no para, tiene en sus planes ir a Buenos Aires para tomar un taller de actuación.

Mirar al interior

“Tengo una mirada importante sobre Paraguay, y pienso la repercusión que puede generar nuestro trabajo. Tengo una mirada sobre política cultural. Me interesa la descentralización de la cultura. No solo una mirada que busque señalar, sino también activar: mi imagen y mi pensamiento están muy relacionados a eso. Es todo lo que tengo”, asegura. Le interpela el hecho que el movimiento cultural gravite casi exclusivamente en torno a la capital: “Estamos mirando a Asunción cuando deberíamos observar también al interior. No solo en el campo de la cultura: en todo. Vamos a terminar pagando por esto, no ahora, en el futuro. Perdemos capital cultural valioso. Sin hacer un análisis sociológico, filosófico o técnico, entiendo que algo hacemos mal. Desde mi lugar es lo que veo”. Para ella, los viajes al interior son tan o más importantes que los viajes a festivales en el exterior.

Ana Ivanova

¿Qué falta?: “Creo que debe trabajarse en red. Y por supuesto, la prensa tiene que ayudar. Hay fes­tivales de teatro en el interior, también de cine”. A Ana le preocupa que muchos artistas del interior lleven años trabajando y su obra siga siendo poco conocida. “Me convoca pensar que necesitamos mirar al interior. Siempre me convocó, pero ahora tengo el privilegio de poder hacer algo”, manifies­ta. Pensando en la realidad local, reflexiona sobre lo que pudo ver en sus viajes: “El Festival de Car­tagena es uno de los más importantes, incluso lo inaugura el presidente de Colombia. Es el festival más antiguo de América Latina, un modelo real, ¡para mí es una maravilla pensar que podríamos tener algo así acá!”.

Ella es consciente de la complejidad que esto conlleva: “Todos los cambios implican que acom­pañemos y entendamos los procesos sociales, y que comprendamos el tiempo y el esfuerzo que llevan. Nada es inmediato, son temas complejos que no se solucionan de un día para el otro”.

Distintas disciplinas, la misma pasión

Su amplia experiencia la llevó a trabajar con un gran número de profesionales del teatro y el audio­visual. Rescata las diferencias entre ambos ámbi­tos: “Tuve el gusto de quedarme con algo de cada director y directora con quienes trabajé, y entender qué buscaba cada uno de ellos. Con el audiovisual no es como en el teatro, donde vos te podés formar a la par que trabajás en dos o tres obras con alguien. Hacés una película y no le ves más. Es más difícil construir una carrera de grupo en el audiovisual”.

“Actuar para teatro genera una fuente de energía enorme, que te traga. Tenés que negociar la energía, y hacerlo en vivo. Esa presencia escénica es una invitación a vivir el momento. Actuar para cine tiene otra fascinación. Amo los dos lenguajes”, enfatiza y sigue: “Cada función es diferente. Todo error es un regalo. En el teatro sos consciente de todo; en el cine hay un mundo interior que aflora. En cuanto a eso, el cine te ofrece un abanico gigantesco de opcio­nes. Podés hacer un solo tipo de personajes toda la vida, y no está mal. Podés cambiar y buscar cosas distintas todo el tiempo: ese es mi caso. No quiero quedarme en un lugar cómodo”.

Ciertamente, para una actriz, el cine y el teatro son dos lenguajes que exigen distintas preparacio­nes: “Me preparo de manera muy diferente para grabar una película o para una obra de teatro. Para el cine, mi cuerpo y mi alma están más calmos. Hago meditación y yoga. Para el teatro hago activi­dades más energéticas, trabajo más con el cuerpo”.

Deconstruir para crear

¿Qué le depara el futuro?: “Tengo muchos proyec­tos, gente linda con la que hacer cosas, algunas no tan inmediatas. Pero me gusta dejar que sucedan. Este año pienso recargarme, retomar la escritura, la lectura, ver películas; estoy programando mi año con talleres”.

Ana se define como una aprendiz y piensa seguir adquiriendo nuevas técnicas. “Para mí, la técnica es fundamental. Pero si no hay intuición, tampoco funciona. Ambas se complementan. No siempre el director o directora va a guiarte para que crees tu personaje. El trabajo del actor es proponer, crear, meterse en la piel del personaje. Hay directores a los que les gusta ver cosas muy diferentes a tu personalidad, hay otros que pre­fieren rasgos muy parecidos a los tuyos. Tenés que buscar el tono que necesita tu personaje y respetar lo que busca el director”. Piensa que en su quehacer es necesario replantearse y cues­tionarse continuamente para poder fortalecer la capacidad de creación. “Actuar es muy complejo y permeable: tenés que estar disponible. Hay que deconstruir el imaginario. Los actores deben cuestionarse lo que hacen y no dejar de pregun­tarse qué es el arte. Yo estoy en esa búsqueda. No tengo respuestas y al mismo tiempo, no dejo de tener preguntas”, finaliza.

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