Pensé no cometer esta especie de infidencia, confesión o lo que fuere, pero no tengo alternativa o, en todo caso, no quiero tenerla: leí y escuché la novela Tuya, de Claudia Piñeiro, en una de las madrugadas de la semana pasada, en que el insomnio nos atacó con su acostumbrada impiedad (a mí y a alguien cuyo nombre no hace falta escribirlo porque de sobra sabe que me refiero a ella), y no quedó más que el dulce y reiterativo consuelo de leer un libro y conjurar lo que uno sabe de antemano que no conjurará así nomás.
¿Por qué digo que no tengo alternativa de contar las circunstancias, generalmente ancilares e innecesarias para cualquier lector de reseñas de libros, en las que leí la novela de Claudia Piñeiro? Lo digo porque a poco de empezar a leer así, al alimón, alternadas en voz alta una voz masculina y otra femenina, me fue revelado aún más lo que el texto de por sí lo hace: la simple certeza de que está escrita por una mujer.
Mucho se ha escrito y debatido en torno a una literatura femenina y feminista. Al igual que otras categorías equiparables, la misma siempre está situada entre el legítimo sustento ficcional y crítico y la mera etiqueta de turno, en donde caben en la misma bolsa Marguerite Yourcenar y Marcela Serrano, Alejandra Pizarnik y Elena Poniatowska, Silvia Plath e Isabel Allende. Lo cierto es que es imposible no encontrar señas de identidad de género en las obras literarias, tanto de hombres como de mujeres, y está bien que así sea, como en el caso de Claudia Piñeiro.
Por eso Tuya es una novela policial (sin detectives) con un inocultable acento femenino. El argumento no esconde dobleces, no parece nada original y extraordinario, pero atrapa porque, justamente, expone la cotidiana tragedia del amor y sus múltiples caras, especialmente la de la infidelidad y sus puñaladas. Las pequeñas delicias de la vida conyugal, las llamaría Balzac.
Inés está casada con Ernesto. Ella descubre, en el maletín de su marido, una nota amorosa firmada “Tuya” y la maquinaria de la duda y la sospecha, la persecución y la paranoia, el dolor y su duelo, empieza a entrar en funcionamiento. A partir de allí, Inés es presa de sus afanes, sus propios mecanismos de defensa, sus formas de eludir verdades, sus amargas justificaciones. El mérito de Tuya, tal vez, esté allí: mostrar, en una situación límite (muerte accidental incluida), cómo se comporta el promedio de las mujeres (y los hombres) de la clase acomodada argentina para no perder el rumbo de su doble moral y su múltiple temor social.
Paralelamente a la historia de Inés y Ernesto, corre la de la única hija de la pareja. Si bien quiere ser una especie de consecuencia lógica del descalabro de la relación de los padres, me animo a decir que es la parte más floja de la novela: llena de lugares comunes (adolescente incomprendida, padres ausentes, embarazo), está contada en forma de diálogos forzados que mejor hubiera sido suprimir y darle toda la atención (y la tensión) narrativa a Inés y Ernesto en su aventura de enemigos y cómplices.
Finalmente, es notable cómo un premio literario permite ver el resto del iceberg que es un escritor antes de llegar al reconocimiento mediático. Con Las viudas de los jueves, Premio Clarín 2006, Piñeiro llegó a la consideración del público. Tuya es una novela anterior que hoy prácticamente se presenta como nueva. Lo mismo sucedió con el peruano Santiago Roncagliolo, que ganó el Premio Alfaguara 2006 con Abril rojo, y así revivió a su novela anterior, Pudor, luego del galardón. Otra coincidencia no tan casual: tanto Tuya como Pudor son nouvelles, narran un mundo cerrado, y el cine los fichó para ser adaptadas a la pantalla grande. El discreto encanto de los premios literarios.
Tuya es una novela policial (sin policías) con un inocultable acento femenino. El argumento no esconde dobleces, no parece nada original y extraordinario, pero atrapa.
Libros
BlasBrítez
Periodista
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