¿Cuánto ha recorrido Rafael Filizzola, aquel joven y combativo dirigente universitario que sufrió en carne propia los garrotazos de la Policía stronista, hasta ser el actual ministro del Interior, obligado a justificar los excesos represivos y la feroz garroteada contra los militantes del Frente Social Popular, el miércoles a la mañana, por parte de la Policía a su cargo, acusando públicamente sobre la supuesta presencia de “infiltrados”?
¿Cuánto ha recorrido el propio Fernando Lugo, aquel rebelde obispo sampedrano que apoyaba abiertamente a las ocupaciones de tierra y los cierres de ruta por parte de las organizaciones campesinas, hasta este presidente controvertido e inescrutable, obligado a garantizar la seguridad represiva que reclaman a gritos los gremios sojeros, ganaderos y empresarios, advrtiendo que no permitirá la acción de los “desestabilizadores” contra su Gobierno?
¿Cuánto han recorrido históricos luchadores sociales como Liz Torres, Pablino Cáceres, Esperanza Martínez, Camilo Soares, Augusto dos Santos, Alberto Alderete... para cerrar filas o guardar prudente silencio desde un Gobierno que en estos días apareció en las páginas de los diarios y en las pantallas de televisión como el responsable político de una de las más violentas y despiadadas acciones represivas contra manifestantes, incluyendo ancianos, mujeres y niños indefensos?
Las vueltas que da la vida... y la política. ¿Cómo se siente estar al otro lado del garrote?
Las imágenes de los cascos azules propinando golpes y patadas con furia animal contra manifestantes caídos sobre el asfalto no son las que queríamos ver en el Paraguay que empezó a nacer con las elecciones del 20 de abril de 2008. Pero las imágenes de manifestantes radicalizados bloqueando rutas y calles, arrojando huevos y piedras contra las fuerzas de seguridad, amenazando o agrediendo a periodistas y funcionarios públicos, destruyendo alambradas y cultivos agrícolas, iniciando una peligrosa campaña xenófoba contra los brasileños... tampoco.
Es tiempo de superar la ambigüedad y el populismo. Es tiempo de dejar las promesas mágicas y trabajar más en serio por diseñar una política clara y transparente para superar las crisis. El Gobierno de Fernando Lugo no hizo nada muy malo en estos primeros casi 100 días... pero tampoco hizo mucho de bueno.
Será cuestión de asumir que el cambio no se hace de la noche a la mañana, pero tampoco sentarse a esperar que caiga solo del cielo.
El tema no es definir si hay que estar de este o del otro lado del garrote represivo del Estado... sino trabajar todos juntos para que ni manifestantes ni policías tengan nunca más la necesidad de recurrir a la violencia.
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