Opinión

Acostumbrados al mal

Gustavo A. Olmedo B Por Gustavo A. Olmedo B

Lo encontré en calle Palma después de mucho tiempo. Juan Daniel es un publicista argentino que venía con frecuencia a la capital por cuestiones laborales. Debido a la pandemia también se volcó a la actividad profesional desde las plataformas digitales dejando de visitar Asunción. En este retorno, entre otras cosas, me dijo estar “sorprendido” por el deterioro del microcentro; plazas históricas ocupadas por carpas y viviendas precarias en el corazón de la capital; el aumento de grupos de niños y jóvenes arrinconados en esquinas, inhalando crack ante la vista de todos; entre otros tantos “detalles” que le llamaron la atención.

Para alguien que ingresa casi a diario a la ciudad, aquellos aspectos ya eran “parte del paisaje”, ya no me percataba de ellos; se habían convertido en algo normal.

Uno de los principales peligros que enfrentan las sociedades de nuestros días, en sus diferentes ámbitos y temáticas, es la normalización del mal o la también llamada “naturalización” del mal.

En los últimos días, unas ocho personas fallecieron a causa de ataque con explosivos y de enfrentamientos con armas de fuego en la zona norte del país. Perdieron la vida tres militares, dos policías, un guardia de seguridad, y dos jóvenes, uno de ellos de apenas 22 años, pertenecientes a los grupos criminales de extrema izquierda. Y pareciera que la opinión pública ya lo asumieran como “daños colaterales”. Es fácil olvidar que detrás de cada uno de ellos, incluso de los criminales, hay una historia particular, familia, amigos, padres.

Paraguay sufre el drama del secuestro de tres personas: Del suboficial Edelio Morínigo, desde el 2014; Félix Urbieta, desde el 2015 y Óscar Denis, desde setiembre del año pasado. Son casos gravísimos frente a los cuales no corresponde callar.

En tanto, cada vez son más numerosos los jóvenes y adultos, víctimas del crack y la corrupción, que deambulan por tantos lugares, casi como zombies, ante la mirada indiferente o llena de impotencia.

A estos se suman otras tantas que ya no sorprenden, como gente comiendo de la basura, las coimas, las esperas interminables para una atención médica, las reguladas del transporte público, la corrupción en política, los trabajadores en negro, las censuras en redes sociales por pensar distinto, los cierres de ruta, las calles rotas, los indígenas mendigando, los ataques a la familia, etc.

Evitar la “normalización” de situaciones y acciones que son destructivas para el ser humano y la comunidad es un gran desafío; uno ante el cual vale aplicar la razón y la virtud en vez del temor y la indiferencia.

El hombre es un animal de costumbre, dicen escritores y filósofos, sin embargo, frente a aquel mal que se vuelve frecuente, instalándose como algo inevitable o normal, buscando anestesiar las exigencias de verdad y justicia que yacen en todo corazón humano, estarán siempre la libertad para actuar, el deseo de bien para comenzar una obra, y la necesaria ayuda de personas o grupos que tengan una mirada de esperanza en medio de la oscuridad.

Y el mal se vuelve natural ante el silencio y la inacción de las autoridades y también de la ciudadanía que calla o se acomoda. En una sociedad con fuertes componentes hedonistas, no resulta fácil salir de la zona de confort para buscar cambiar una realidad negativa que se va normalizando. ¿Cómo escapar de este acostumbramiento?

El primer paso, sin dudas, será plantearse por el propio cambio; una postura autocrítica y disponible a recomenzar siempre, respecto a compromisos y responsabilidades. El no perder la capacidad de asombro en medio de la rutina y los lugares comunes, será un reclamo permanente y personal; en tanto que el mirar de frente y extender la mano a la persona que forma parte de ese “mal”, es la posibilidad de la acción concreta –directa o indirecta–, y un dispositivo para superar el letargo en el que la cultura de la comodidad nos sumerge sin darnos cuenta.

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