Es un tema doloroso y sensible, resultado de un largo proceso de ausencias, abandonos, descuidos, tareas no asumidas con responsabilidad, miedos y, en muchos casos, hasta falta de amor y violencia del entorno inmediato. Los informes oficiales añaden que en lo que va del 2015 se registraron más de 170 casos de niños víctimas de pornografía infantil, unos 31 de proxenetismo y más de 270 niñas y adolescentes embarazas en escuelas.
Una problemática compleja y de varias aristas, que no se soluciona simplemente con enseñar a usar condones a los chicos o entregar pastillas abortivas de emergencia a las víctimas. Instruir sobre cómo y dónde denunciar; crear mecanismos de protección, son aspectos necesarios, pero que no deben de distraer la atención sobre el punto central.
¿Cómo y por qué quedan embarazadas en las instituciones educativas? ¿Por qué sus familiares no se enteran o percatan de los acosos? ¿Cómo un niño termina siendo víctima de las redes de la pornografía? ¿Alguien dialogó con estas niñas sobre el respeto, la autoestima, el sentirse amadas y protegidas? ¿De dónde surge una persona capaz de violentar a una niña, sino de un entorno violento?
Las preguntas son innumerables, pero el punto de fondo -más allá de las excepciones- sigue siendo la ausencia de los padres o tutores.
Afirmar –y confirmar– que la familia es la clave para enfrentar este grave problema es cuestión de realismo y no de ideologías rebuscadas; no se trata de ser conservador o progresista, sino de observar la realidad y reconocer la necesidad vital del niño o joven; esa contención afectiva y educativa que les hace crecer. Aquí, las ausencias destruyen. Urgen padres que sean realmente adultos, capaces de hacerse cargo de ellos, con madurez, respeto y dignidad; de mirarlos en primera persona y dejarse provocar por ellos, sin aplicar fórmulas o prejuicios, de darse cuenta de los riesgos que corren. La pobreza y la ignorancia originan estos males; un círculo vicioso que se rompe con el trabajo educativo a largo plazo, inversión y apoyo integral. Un proceso y proyecto que deben involucrar a instituciones estatales, docentes y sus centros de formación, organizaciones de padres, iglesias, etc. Los que traen hijos al mundo tienen que asumir los sacrificios que implica educarse para educar.
Es grave que la familia vaya diluyéndose como protagonista y principal responsable de la educación y el cuidado de los hijos. Se necesita una mirada más seria hacia ella, fomentando su unidad y fortalecimiento, y facilitándole el acceso a los servicios básicos. Si no partimos de aquí, el panorama que se vislumbra no parece el más alentador.