Por Cristina Cabrejas, de EFE
CIUDAD DEL VATICANO
Los purpurados estaban convocados a las 9.00 para escuchar las comunicaciones del Papa sobre tres causas de canonización, pero Benedicto XVI con voz débil y cargada de emoción pronunció 22 renglones en latín que cayeron como “un rayo en el cielo sereno”, como dijo el decano de los cardenales, Angelo Sodano.
“Siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma”, pronunció en latín Joseph Ratzinger dejando helados a los purpurados.
El Papa había iniciado su discurso sabiendo que su decisión sería “de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”, dijo Benedicto XVI.
Tras el discurso, recibió el abrazo del cardenal Sodano y se retiró a sus aposentos en el palacio pontificio, donde, aseguran, no pudo ocultar la emoción y lloró ante una decisión sorprendente, sin precedentes en la historia moderna de la Iglesia, y tomada con total autonomía y absoluta soledad.
Mientras aún reinaba el silencio entre los purpurados, la noticia saltó al mundo gracias a Giovanna Chirri, vaticanista de la agencia ANSA quien, debido a sus conocimientos en latín, al oír la fórmula “ingravescente aetate” (por la avanzada edad) y la fecha del 28 de febrero se imaginó lo que estaba pasando. “Sí, entendiste bien. El Papa renuncia”, le confirmó el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi. Y la noticia dio la vuelta al mundo.
En la Plaza de San Pedro, romanos, turistas y curiosos expresaban su asombro por el gesto del pontífice, y muchos dejaban entrever su conmoción ante la “seguramente sufrida decisión” de Ratzinger.
Se suspendieron todas las actividades y el Papa quedó en espera de que su renuncia se hiciese efectiva el 28 de febrero, limando solo los detalles junto al Vaticano de cómo se gestionaría la inédita situación que se había creado.
Joseph Ratzinger meditaba desde hace tiempo su decisión e incluso lo había preanunciado en el libro-entrevista Luz del mundo (2010), del periodista Peter Seewald.
En la noche de la renuncia se desencadenó un fuerte temporal y la fotografía de Alessandro Di Meo de un rayo que caía sobre la cúpula del Vaticano se convirtió en otro de los símbolos de una de las decisiones que marcaron la historia.