Al paso lento de una pareja de bueyes, que estiran una antigua carreta, la familia Mora Benítez conserva una devoción por la Virgen Serrana, transmitida de generación en generación desde hace medio siglo.
“Esta carreta era de mis abuelos, de madera de lapacho está hecha; tiene como 50 años por ahí”, indica Reinaldo Mora Benítez, quien desde que tiene uso de razón –recuerda– realiza cada año la maratónica procesión hacia la capital espiritual del Paraguay.
Solo cambiaron las ruedas, explica: trocaron la de madera por las cubiertas de goma. “Más rápido se va así y no le pesa tanto al animal la carreta”, dice Reinaldo apuntando a los cansados cabestros de tono blanco y alargadas astas.
Avío. Para la travesía, que les toma poco más de 24 horas, llevaron todo lo necesario para alimentarse y soportar el radiante sol que cae como un látigo y el calor sofocante que se levanta desde el asfalto a lo largo del trayecto.
En una conservadora roja y blanca, llevan abundante pollo casero que acompañan con una guarnición de fideo o arroz que prepararán, ya en el almuerzo y en la cena.
Dentro del carro, además, van colgadas las mochilas con sus ropas y los colchones, sobre los que dormirán hasta el próximo jueves. “Una semana nos vamos a quedar, así nomás da gusto”, refiere Reinaldo.
A un costado del carruaje sobresalen largas tacuaras y suficiente hoja de karanda, con los que montarán la carpa provisoria a la vera de la Basílica.
“Pedimos fuerza para ayudar a nuestros hijos. Por la tradición caminamos, para pagar nuestras promesas”, dice María Antonia Ruiz Díaz que –confiesa– adoptó la costumbre de peregrinar impulsada por su pareja, Reinaldo. Su esposo se dedica netamente a la agricultura y va a agradecer a la Santísima, el “buen año” que tuvo en su producción de caña dulce y hortalizas. “Cada año vengo y no me quejo. Espero que vaya subiendo el precio de lo que producimos, así para ir mejorando”, apunta con sus gruesas manos de inconfundible trabajador del campo.
atajo. Cada dos horas descansan a un costado del camino, a la sombra de unos árboles. Principalmente, para que los bueyes pasten y recobren energía. “Esta tarde van a salir cinco carretas también de Guarambaré, seguramente mañana (por ayer) van a pasar por acá”, señala Jorge –primo de Reinaldo– mientras toman un descanso en Ypacaraí. Son vecinos suyos –acota– que comparten esa tradición religiosa.
Tras la misa principal del jueves, a la siesta, retornarán sin apuros, a tranco lento de buey, como hicieran sus abuelos.