14 ene. 2026

2026

El 2026 puede ser un gran año, quién lo puede dudar. Tengo la certeza de que hacer que así sea en gran parte depende de uno mismo. No en el sentido todopoderoso de “el que quiere puede”, sino de esta versión un tanto más realista: “El que se propone lo logra”. Pasito a paso, si es preciso, pero hacer.

La fórmula no asegura cien por ciento de efectividad, no es automática, pero ha dado satisfacciones a muchos más que aquellos que se quedaron en la intención.

Ahora, ¿qué propósitos se pueden llevar a cabo, por ejemplo, este año que inicia?

Uno de los propósitos que muchos podrían adoptar, incluso como una causa nacional y como acto loable, patriótico, es no vender su voto en las elecciones municipales.

La compra de votos en las elecciones de autoridades es la madre de todas las corrupciones institucionales que aquejan a este maltrecho país.

¿Cómo puedo esperar –me pregunto– que una autoridad que ganó las elecciones comprando votos, sea honesto y transparente en su futura administración?

Una autoridad que llega a un cargo electivo valiéndose de estos medios fraudulentos solo representa a sus propios intereses y afán de enriquecerse a costas del Estado; solo trae promesas de cinco años más de robos, engaños y postergaciones para la ciudadanía. Incluida la que le puso en el cargo vendiéndole su voto por un cien mil, que alcanzará para una tira de costilla y un pack de cerveza.

Después, a seguir batallando en nuestra desastrosa realidad.

Otro buen propósito para este año sería dejar el vicio, uno, sea cual fuere. Hay tantos: El pucho, el alcohol, la merca, cualquiera, que todas son dañinas para la salud física y emocional. Pero en casos de vicios, la voluntad es la base. He conocido a personas que llevaban años trabajando en grupos de terapias con adictos y coincidían en un punto: si no pone el adicto su voluntad y esfuerzo para caminar los pasos que lo llevarán hacia la desintoxicación, ellos, los orientadores, no podían hacer nada por él. Es el adicto el que debe despojarse de su adicción.

Esto me deja claro que el vicio permanece en uno –lo carcome por dentro, mientras lo destruye por fuera–, en tanto se lo permita. Entonces, hay que decir basta.

Cualquier adicción es un problema tanto para el que la sufre como para quienes rodean al adicto; su vida se deteriora en todos los sentidos, social, laboral, profesional, de pareja, etc. ¿Por qué tener que soportarla? ¡Fuera de mi vida!

Las adicciones son tenidas generalmente como las causas de frustraciones, proyectos truncos, de vidas arruinadas. Sin embargo, la verdad es que son excusas perfectas para no asumir uno mismo la responsabilidad por los fracasos.

Si en ninguno de estos ejemplos tengo cabida, otro muy buen propósito para este año puede ser ya lo mío. El ejercicio cotidiano, consciente, de reconocerme en el semejante, a través de, encontrarme conmigo mismo cuando miro a los ojos del otro, mis propios latidos sentir en el pecho del otro, en su pulso, saber que su cansancio duele igual que el mío, que sus pies se han guardado los pasos que me he negado a dar, o no tuve el coraje de hacerlo.

Tres ejemplos de propósitos que no requieren de mayores esfuerzos, ni de complejos proyectos, sino de proponerse a hacerlo. Son ejemplos de acciones que impactan en diversas áreas de la vida de uno, pero que en un sentido más amplio, puede modificar el panorama, para no decir el mundo, lo que se llama el entorno que a uno lo rodea.

Pequeñas acciones, radicales que uno puede decir con determinación, que lo ha logrado, sin necesidad de involucrar a terceros, todo está en mí.

Después, lo que resta son los buenos deseos de que el 2026 sea un gran año. Pero esto ya está más dentro de las probabilidades y escapa de nuestro control, está fuera de las acciones concretas de las que tenemos dominio.

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