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Opinión
domingo 22 de enero de 2017, 01:00

Vale todo

Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

Necesitaban 30.000 firmas nomás para presentar un nuevo pedido de enmienda constitucional que incluyera la reelección, y conseguirlas era pan comido.

Con más de 300.000 funcionarios públicos, lograr que cuanto menos el diez por ciento aceptara con entusiasmo poner su rúbrica en el documento que le acercara personalmente su jefe era un juego de niños, pero...

El problema fue que la petición tenía que presentarse como verdadero clamor popular, como la prueba irrefutable del ferviente deseo de millones de paraguayos y paraguayas obsesionados con un nuevo periodo presidencial, una pasión que por estas tierras solo la consiguen la Virgencita, la Selección y la cerveza.

Y es que no hay en este momento un solo político que despierte ese tipo de adhesión, menos el presidente. Hoy sencillamente no hay pasión en la política. No existe quien logre conectarse con el elector, quien consiga insuflar un hálito de esperanza en esa mayoría que escucha como en una telenovela turca que hablan de un país exitoso que le resulta ajeno a su realidad rutinaria.

Por eso no pusieron mesas en las calles para juntar las firmas. Porque la escena sería patética, probablemente tan patética como si colocaran mesas para juntar firmas en contra. Y es que, salvo para un puñado de aguerridos internautas, a la gente la reelección o la no reelección le importa un comino.

Lo peligroso es cuando, ante la apatía, algunos empiezan a forzar las reglas del juego; total el grueso de los jugadores está mirando para otro lado. Así aparecen la legión de zombis suscribiendo el pedido de enmienda, la fiscalía que se hace la desentendida ante la flagrante comisión de delitos, las interpretaciones antojadizas sobre lo que dice o no dice la Constitución y ese viejo discurso populista que asevera que lo importante es lo que decida la mayoría, independientemente de lo que diga la letra de la ley y si esa mayoría goza de buena salud o descansa en un camposanto. Después de todo, como diría algún leguleyo local, en ninguna parte la Constitución dice taxativamente que para votar hay que estar vivo.

Más allá del divertimento que esos papelones generan, queda la duda de hasta dónde están dispuestos a llegar para conseguir adecuar la ley a sus pretensiones.

Las suscripciones post mortem y las "adhesiones voluntarias" recomendadas por el jefe no son una novedad de nuestra práctica política (lo que no significa que puedan o deban quedar impunes), lo que las hace particularmente preocupantes es que parecen ser apenas una avanzada del oficialismo en lo que se vislumbra como una campaña donde todo vale con tal de conseguir un segundo mandato para Cartes.

Y ojo que la cuestión no es si un segundo mandato es bueno o malo, sino cómo lo consigue.