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Opinión
martes 2 de mayo de 2017, 02:00

Un proyecto para el país

Samuel Acosta – Twitter @acostasamu
Por Samuel Acosta

Paraguay tiene todo para aspirar a ser tanto o más desarrollado que cualquiera de sus vecinos. Las condiciones macroeconómicas –pese a que moleste a algunos– son indiscutiblemente envidiables cuando las comparamos no solo con las de nuestros más cercanos vecinos, sino con toda la región.

Pero no basta. Los brillantes números que nos posicionan como el país con mayor crecimiento económico, el menor déficit fiscal, la más baja deuda pública y el mejor control de inflación en el continente no van hasta el supermercado a hacer las compras de la semana.

Entonces cuando se publica en los diarios todo lo bueno que somos a nivel macro, con justa razón la gente lo toma con descreimiento, debido a que sencillamente el termómetro del bolsillo mide una realidad muy lejana a los fríos números que nos vienen del Ministerio de Hacienda y del Banco Central del Paraguay.

Esa realidad no es culpa de ninguna de estas dos instituciones, ambas se limitan a mostrar los números. El gran desafío es cómo trasladar esa bonanza a nivel macro hasta el día a día del paraguayo promedio y allí saltamos al campo de la voluntad política.

Preocupa que finalizado el debate de la enmienda, los sectores oficialistas y los opositores reduzcan una vez más la discusión solo a escoger candidatos, una especie de mesías electoral o un "político de raza", dicen algunos, como si fuera que tal cosa es lo que urge encontrar en el país.

Tras 28 años de democracia nos hemos equivocado priorizando a las personas por sobre los proyectos. Por ello, necesitamos como sociedad que esta vez nos expongan programas realistas de gobierno, que busquen solucionar, por ejemplo, que apenas el 18% de los trabajadores acceden a la seguridad social y aporten a una caja jubilatoria.

No es posible que discutamos candidatos sin que a nadie se le ocurra pensar siquiera qué se hará para bajar ese 65% de personas trabajando en la total informalidad, o ser el país con el ingreso per cápita más bajo de toda Sudamérica.

Construir puentes, viaductos, rutas de doble vía es excelente –tenemos una pésima infraestructura–, pero no podemos limitar nuestros proyectos a obras públicas dejando afuera la urgencia de hospitales y escuelas.

Transformar el país no pasa por decidir si el próximo mandatario es un técnico o un político; pasa por diseñar un plan de acción realista, alcanzable y tener la voluntad real para llevarlo adelante.

Es plantear cómo solucionar los problemas sociales y de infraestructura, sin hacer cálculos sobre qué tajada se pueda sacar por el camino.

Dennos la oportunidad de elegir proyectos que perdurarán en el tiempo, mirar más allá de los seudolíderes mesiánicos.