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Opinión
viernes 24 de junio de 2016, 01:00

San Juan o lo que queda

Por Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

Esta celebración tan popular en nuestro país y su forma de celebrarlo me parece una buena alegoría de la situación de nuestra sociedad en lo que a cultura y educación con carácter propio se refiere.

El San Juan es una fiesta típica y a la mayoría nos gusta que se celebre lo más tradicionalmente posible porque en ello reside su gracia, ¿no?

El kambuchi jejoka con cántaro de barro, el pastel mandi'o no dietético, sino teete, el toro candil con candil y la música paraguaya, folclórica (hasta la bandita se acepta, de allí para adelante ya es muy moderno y a veces inadecuado)...

Otra cosa, el San Juan Ára es alegre porque la gente de la comunidad lo celebra desde su simple alegría. Le sacamos lo simple y lo alegre, por ejemplo, con un énfasis exclusivo en la recaudación del evento, y pierde su magia.

Así también es, y valga la simpleza de la generalidad, lo que pasa con nuestra educación y nuestra cultura.

Hay algo que viene antes del programa de estudios, de la capacitación docente, del presupuesto o del perfil del ministro. Se trata de la adhesión personal y comunitaria, libre y genuina a un proyecto llamado Patria –con mayúscula_ en cuyo origen hay un deseo de bien común, un origen de sentido común, incluso, de sacrificio en el llano ejercicio de nuestra libertad.

Lo nuestro. Lo esencial suele ser simple, pero difícil de vivir. Hacen falta agallas para ser patriotas, reconocer el valor de lo nuestro y respetarlo profundamente, incluso, en sus defectos.

No hace falta que nos digan unos expertos lo que nosotros experimentamos luego al convivir en comunidad: ese valorar al otro que está a nuestro lado hasta el punto de que nos produce alegría compartir con él y celebrar la belleza de su existencia y la maravilla de la naturaleza que se renueva de forma creativa.

De la celebración de San Juan en muchos ambientes, lastimosamente, solo queda la cáscara, el envoltorio, pero por dentro está todo cambiado, hasta manoseado; tergiversada su receta tradicional, se vuelve difícil de digerir.

De hecho, en algunos sitios ni la nostalgia de lo que vivimos de niños queda. Y la cultura no se construye por decreto o por ley.

Pero, por suerte, en la gran mayoría de las comunidades de tierra adentro sí que hay una nostalgia y un deseo enorme de reafirmarnos como pueblo con raíces culturales propias, profundamente comunitarias y humanistas, familiares, pacíficas y tolerantes.

No hay que inventar nada, sino más bien profundizar en el sentido de lo que hacemos. Así aportamos y da gusto convivir con todos, menos con Judas, que será expulsado a la medianoche.