Sencillamente de idiotas es la decisión de 11 concejales de Asunción ayer en la Junta: prohibir la existencia de limpiavidrios.
Aquellos compatriotas que por falta de posibilidades laborales limpian parabrisas en las esquinas por monedas, deberán esfumarse, desaparecer junto con sus necesidades y miserias, desde el 1 de abril próximo (si el intendente Mario Ferreiro, en el plazo de 15 días, aprueba la ordenanza).
La normativa, aún no promulgada, no solo prohíbe la actividad sino que impone severísimas sanciones. Aparte de condenas previstas en el Código Penal, quienes osen transgredir deberán pagar entre 20 (G. 1.400.000 aproximadamente) y 70 (G. 4.900.000 aproximadamente) jornales mínimos. Si por miserables –de extrema pobreza– y falta de trabajo se dedican a limpiar parabrisas de sol a sol, ¿cómo podrían pagar semejantes montos?
El colorado Daniel Centurión, ideólogo de la ordenanza, dijo: “Estamos comprometidos a que no haya más limpiavidrios en las calles y a no perpetuar la mendicidad”.
Con lógicas similares y peligrosamente disparatadas, el mundo se volvió menos habitable en distintas épocas de la historia. Lastimosamente siempre hubo y habrá personajes mediocres que llegan al poder para representar a la gente y terminan acometiendo los peores delitos sociales pensables, sin hablar de las idioteces e imbecilidades propias de quienes no conocen de nada, pero presumen saber de todo, incluyendo de cómo y de qué manera debe vivir la gente, cuando que ni sus vidas son capaces de ordenar.
La eliminación de limpiavidrios es una burrada del tamaño de Júpiter, porque se originan en la inequidad social. Es similar al disparate del presidente Cartes que hace unas semanas dispuso por decreto el combate y la eliminación de la corrupción.
Si todo esto fuera lógico y congruente, qué fácil sería erradicar la pobreza, las enfermedades, los problemas ambientales, el histórico drama agrario y los malos colorados. Con ordenanzas, decretos o leyes, algún parlamentario o autoridad tarambana podría convertir este sofocante pozo llamado Paraguay en un país de maravilla. Demasiado disparate –hasta criminal, a veces– fluye últimamente de la cabeza de muchos “gobernantes” centrales, municipales o departamentales. Y la gente que acompaña estas ideas, como mínimo, es cómplice.
El drama de fondo en este caso no son los limpiavidrios, sino la indolencia de una sociedad permisiva, conservadora, que no reclama a quienes deben generar reales oportunidades a la gente; y de los gobernantes de turno que tienen la obligación –sin opciones– de hacer que cada habitante tenga cubiertas sus necesidades básicas en condiciones de dignidad. Japoína.