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Opinión
jueves 27 de octubre de 2016, 01:00

Política, soberbia y ambición

Por Gustavo A. Olmedo B. – golmedo@uhora.com.py
Por Gustavo Olmedo

Hace unos días observaba con unos chicos Kingsman, servicio secreto, un forzado filme adaptado del cómic del escocés Mark Millar de 2014, que habla de una organización de espionaje, creada por multimillonarios para luchar por la paz y el bien del mundo, pero lejos de la burocracia, la corrupción y los intereses mezquinos de políticos, jueces y presidentes de naciones. Algo absolutamente utópico, pero siempre deseado por todos.

Cada tres o cuatro años –en el mejor de los casos–, Paraguay soporta los dolores y las molestias de una destructiva pero bien conocida fiebre electoral; una que pisotea toda promesa de bien realizada meses antes y cualquier tipo de iniciativa positiva que esté en proceso en diversos ámbitos.

Por el rekutu vale todo; esa es la lógica, pues están en juego altos salarios, poder, prestigio, viajes, viáticos, entre otras cosas, y por lo cual legisladores, ministros, directores de entes, recomendados y hasta el mismo titular del Ejecutivo entran de lleno en una carrera maquiavélica que provoca mucho daño a la nación, su gente e instituciones.

Y en este juego perverso, la ambición, la soberbia y el capricho ocupan espacios en donde –por el contrario– debían marcar presencia la racionalidad, el respeto por las leyes y las instituciones, el deseo del bien común; es lo que le ocurre ahora al presidente Cartes, quien por su obsesión por la reelección contradice sus palabras, pretende violar la Constitución, justifica lo injustificable, llena las binacionales de seccionaleros, pone en peligro la continuidad de obras públicas y proyectos sociales, además de utilizar recursos del Estado y su tiempo para obtener votos, en vez de destinarlos a generar soluciones para la nación.

Es sabido que la política implica necesariamente la lucha por el poder y la negociación, pero con ellas, o en medio de ellas, no corresponde el olvido de las necesidades del país ni del compromiso asumido con su gente.

Se dice que el ejercicio de la política o del poder saca lo peor del ser humano. Sin embargo, habría que darles su justo valor y lugar, sin demonizarlos. Y como el poder no es en sí una cosa mala, cabe recordar que será el hombre, la persona, la que finalmente con su libertad debe jugarse por aquello verdadero, por ese bien común al que se deben. Un desafío enorme para aquellos que están en medio de la política, viven de ella y con ella, y que con prácticas de honestidad y transparencia buscan marcar la diferencia y responder a sus propias exigencias de justicia en una sociedad moralmente enferma; un reto que difícilmente pueda lograrse de manera solitaria, sin la ayuda de una compañía de personas unidas por el mismo deseo y fin.