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lunes 31 de octubre de 2016, 02:00

“Pequeños pueblos en el Chaco pueden ir desapareciendo”

Monseñor Alfert, de origen alemán, conoce como pocos las penurias que atraviesan los pobladores de la Región Occidental. Habla de un "proceso silencioso" de expulsión social, a manos de ganaderos que concentran la tierra. Algunos se ven forzados, otros seducidos, a vender sus parcelas ante la disparidad de precios de los inmuebles.

Por Pepe Vargas

jvargas@uhora.com.py

Vive hace 30 años en el Chaco paraguayo. Recorre a diario, desde su puesto en el distrito de Mariscal Estigarribia, numerosos núcleos poblacionales que –según advierte– están en peligro de desaparecer. ¿Por qué? Menciona dos factores: la especulación inmobiliaria que hizo que el precio de los lotes "subieran por las nubes" y los pequeños productores que, castigados por la sequía o por las inundaciones de los últimos años, se ven tentados a vender sus parcelas de tierra.

Frente al avance irrefrenable de los ganaderos, principalmente brasileños, quienes "compran y compran" las tierras, la gente –principalmente campesinos paraguayos, no tanto indígenas– van ocupando la vera de la ruta Transchaco para asentarse. En lo que llaman "cuneta". Se ubican allí porque "ya no queda espacio para pueblos".

Monseñor Lucio Alfert conoce al dedillo la realidad de los pueblos que viven en la áspera llanura chaqueña. En efecto, el Vicariato Apostólico Pilcomayo, que tiene a su cargo, abarca desde Montelindo –en el kilómetro 210– hasta la frontera con Bolivia, casi 700 kilómetros de diámetro.

–¿Qué reflexión hace sobre la política de gobierno frente a la realidad en el Chaco?

–No soy experto en economía ni en políticas públicas, aunque uno siempre está un poco metido en eso. Pero yo veo que el Gobierno piensa solamente en las grandes empresas. El presidente es empresario y todo el país se maneja como una empresa; entonces, vale solo lo que dicen las empresas y lo que ellos proponen eso se realiza. En el Chaco, por ejemplo, hay un proceso de monopolización de la tierra en manos de unos pocos. En Alto Paraguay ya casi todo está vendido a los brasileños; el 80% de las tierras compraron los brasileños. Lo mismo en el Chaco Central con los menonitas.

–¿Son todos ganaderos o hay agrícolas también?

–Agrícolas en el Chaco casi no hay. Favero y otros están intentando sembrar soja con semillas genéticamente modificadas para ver si andan en zonas secas. Hay varias zonas de pruebas. Pero un día que salga a flote eso puede ser también algo grande. Por el momento son intentos. El problema son los precios de la tierra; al estar en manos de los grandes, hizo que en los últimos años subieran por las nubes. Hoy al pobre le es imposible comprar. Cada rato las estancias cambian de nombre; eso significa que recién fueron vendidas. Después hay especulación con asfalto, líneas eléctricas que pasan enfrente y con eso aumentan diez veces más el precio de las tierras. Aquí, en Mariscal Estigarribia, el lote que compré hace 30 años para la Iglesia está ahora cien veces más caro. Por ejemplo, yo compré dos hectáreas por G. 1.500.000 y ahora, en lotes urbanos, están alrededor de G. 130 millones. Y en las estancias cuestan al menos diez veces más.

–Y esto produce un consecuente desplazamiento...

–Muchos indígenas lucharon por la tierra. En nuestro Vicariato logramos titular 120.000 hectáreas en los últimos 30 años, pero en otras zonas no se preocuparon mucho. Los menonitas también, pero no todos entregaron títulos. Y muchos pueblos son apretados por los ganaderos para arrendar las tierras.

–¿Cuál es la mayor amenaza, la falta de titulación o el avance de los ganaderos?

–Bueno, los ganaderos atropellan todo, porque ellos compran y compran. No obstante, no son los indígenas los que están en peligro, son los campesinos paraguayos. Se crearon pequeños pueblos en el Chaco que pueden ir desapareciendo ahora. Son 20 a 30 familias nucleadas en un lugar con escuelitas, teléfonos y colectivos y ahora pueden desaparecer, si cuatro o cinco familias venden sus tierras.

–¿Qué pueblos están así?

–Hay muchos pueblos pequeños. La cosa es que varios sobreviven, pero hay muchas ofertas de precios muy altos de tierras. Hicimos asentamientos para campesinos en Virgen del Rosario, por ejemplo, que tiene 14.000 hectáreas; loteamos en 100 ha. y 200 ha. Pero en pocos años esas tierras se venden; lo que dimos por G. 100.000 la hectárea, al precio de costo en el año 89; ahora se vende hasta G. 4.000.000 la hectárea.

–¿Qué producen allí?

–Tienen sus animalitos y cuando el tiempo es bueno tienen producción de leche; principalmente venden a las cooperativas menonitas. La cuestión es cuando están en aprietos, cuando vienen las sequías grandes, de seis meses, o las grandes inundaciones como ocurrió en los últimos años. Los pequeños productores no pueden sobrevivir, los grandes sí pueden llevar sus animales en camiones a otras partes.

–¿Y en esas condiciones es mejor vender las tierras?

–Los ganaderos vienen a ofrecer ayuda a los pequeños productores; ellos se endeudan y después no pueden devolver; entonces, tienen que vender sus títulos. Donde hay escuelas y cooperativas la gente todavía puede sobrevivir, pero hay otros lugares donde ya se desaniman. Si son 15 familias y cinco venden sus tierras, esas diez que se quedan sin posibilidad de tener una escuela. Es un proceso silencioso.

–¿Hay pueblos que ya desaparecieron?

–No, este es un proceso que se está dando ahora. Siempre animo a la gente a no vender más, o si no termina la escuela.

–¿Dónde van los pobladores que venden?

–Algunos van a Asunción, compran una casita en los barrios a las afueras de capital. Algunos se animan a comenzar en otra parte, pero en general son empleados nomás; no pueden reactivar sus vidas como pequeños productores. Otro problema grave es que la gente vive en la cuneta de la ruta Transchaco porque no hay espacios para pueblos.

Cuando llegué como obispo hace 30 años, en 500 km, no había un solo lugar para una casa, solo alambradas. Ahora hay pueblitos, a través de las colonias menonitas; nosotros también compramos algún lote. Pero el Gobierno no se preocupa para que la gente deje de vivir en la cuneta, en la franja de seguridad al lado de la ruta. Sería fácil de solucionar, comprando de los grandes estancieros. Por ejemplo, en Río Verde, en Montelindo o en otros lugares donde viven, se compran 20 hectáreas y ya pueden salir de la cuneta sin tener títulos propios.

–¿A qué se dedica la gente que vive en la cuneta?

–Los padres trabajan en las estancias, lejos de sus familias y ese es otro problema grave porque las familias no están unidas; cada tantos meses nomás están en sus casas. Las señoras con sus hijos montan un almacencito. Hay indígenas viviendo así, pero son más los paraguayos.

–¿Qué hacen las autoridades locales?

–Y nada. En Mariscal sufrimos este problema grave porque el anterior intendente (Eladio Alcaraz) prácticamente robó todo lo que se podía robar; se lo denunció en la Fiscalía y jamás fue imputado ni lo apresaron. Pero nosotros pudimos lograr que no vuelva a entrar en la Municipalidad, aunque nunca fue condenado, pese a las denuncias de los desvíos del dinero de Fonacide. Sacó G. 3.000 millones para hacer empedrado ahí y ninguna piedra apareció ahí. Y no pasa nada. Por eso, para mí, uno de los problemas es la falta de justicia pronta y barata. Entonces, jueces y fiscales son comprables; no digo todos, sino muchos.

–Hay muchos casos de superposición de tierras. ¿Cómo es que ocurre esto?

–Ese es otro problema grave, porque no hay catastro serio. Por eso hay superposición de tierras; un pobre tiene un lote, otro compra el mismo y como tiene más poder y plata, entonces el pobre tiene que abandonar. Tenemos muchos casos de tierras superpuestas en territorio indígena. Aquí, en Mariscal el predio de la Municipalidad está superpuesto sobre las tierras de Santa Teresita.

El drama es que los títulos no se anotan; entregamos en el Chaco tierras a los indígenas con título y todo y sigue figurando como propiedad del Vicariato, después de 20 años. O sea, ellos tienen el título, pero aparentemente no se inscribieron. Y cuando eso ocurre, figura como tierra fiscal; aunque uno tenga el título, compra uno que es más poderoso y pierde el pequeño porque el otro aparece con topadoras alambradores y atropellan las tierras.