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Opinión
lunes 8 de mayo de 2017, 02:00

La voz de Abelardo Castillo

Blas Brítez – @Dedalus729
Por Blas Brítez

Marqué el número en el móvil. Caminé hacia un callejón oscuro para alejarme del ruido del bar de Palermo en el que bebíamos cerveza y hablábamos de literatura con Diana, mi hermana. En ese entonces había vuelto a vivir en Buenos Aires. Fue en mayo del 2009. Era domingo de noche. También era mi última oportunidad para tentar una entrevista con Abelardo Castillo. Intenté dar con él desde antes de viajar por unos días a la ciudad que Juan de Garay refundó con paraguayos en 1580. Había conseguido el número solo esa misma tarde. Debía volver a Asunción 48 horas después.

Había leído su novela El que tiene sed, cuyo título deriva de la etimología de la palabra árabe "alcohol". En la literatura argentina, Castillo es uno de los tres o cuatro cuentistas que más me gustan. Es clásico en el sentido familiar de Chéjov, pero también en el más cosmopolita de Cortázar. Fundó tres revistas que cubrieron décadas de cultura literaria y política rioplatense: El grillo de papel, El escarabajo de oro y El ornitorrinco. Tres insectos y un mamífero. Edgar Allan Poe en el medio, célebre cuentista (y alcohólico, como lo fue Castillo durante varios años y cuya experiencia brutal es recogida en la novela).

A pesar de la impertinencia horaria y del día de descanso, la voz del escritor contestó, cavernosa como la de cualquier bebedor y fumador, pero también afable:

—Hola, ¿quién habla?

Le expliqué lo de siempre: Paraguay, periódico, entrevista.

—Vení mañana a las ocho, a mi casa. Sé puntual —me dijo, antes de darme la dirección.

Vivía en Once. No olvido los escalones, el amplio salón en donde había una mesa de ajedrez de piezas enormes y un televisor encendido en donde jugaban Federer y Nadal.

—¿Federer o Nadal? —le pregunté.

—Federer, por supuesto.

La entrevista, con fotos hechas por mi hermana, se publicó en el Correo Semanal de ÚH. Aquella vez me habló de Augusto Roa Bastos, de sus encuentros con el paraguayo y el narrador Vicente Battista en el Café Chambery. Allí proyectaron escribir un cuento entre los tres, cuyo inicio se publicara en una revista y el final en otra. Esa broma transmutó: escribir los tres un cuento con el mismo tema, la traición. Roa Bastos escribió Encuentro con el traidor; Battista, Esta noche reunión en casa, y Castillo, Hombre fuerte. Raramente, en las casi 700 páginas de sus Diarios 1954-1961 menciona a Roa una sola vez.

Esteban Espósito, su alter ego en El que tiene sed, se graba a sí mismo en casetes mientras habla solo en sus largas noches de borrachera. Olvida sus actos y apenas se reconoce en su voz. Hace años he perdido el casete en que registré la de Castillo. Ha muerto la semana pasada, pero su voz y su literatura viven intactas en mi memoria.