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Opinión
sábado 22 de abril de 2017, 02:00

He visto al otro país

Andrés Colmán Gutiérrez – Twitter: @andrescolman
Por Andrés Colmán Gutiérrez

"He visto al otro país / buscándose el porvenir / de adolescente lo vi / por la primavera queriéndose./ En tantos vuelve a nacer/ me gusta sentirlo así/ que nadie pueda con él/ déjenlo vivir, déjenlo vivir...". (Teresa Parodi, El otro país).

***

Mártir Cabrera es una mujer campesina, de tez cobriza y risa fácil, que vive en la ladera del Cerro Real, en la zona de Caacupé, donde tiene una fábrica de dulces artesanales en el kilómetro 57 de la ruta 2.

Aprendió a hacer dulces desde niña. Tenía una sola olla, negra de hollín. El aroma de los manjares caseros elaborados con fuego de leña atraía a muchos clientes, pero el dinero desaparecía en los gastos domésticos y Mártir nunca sabía dónde estaba la ganancia.

Un día participó del programa Pypore Huella Franciscana, de la Fundación Tierranuestra, donde aprendió a crear su propia microempresa, cuidar la calidad de sus productos y hacer un plan de negocios: adjudicarse un salario, registrar cada guaraní, plantearse objetivos. "Koanga che ha'e aipo emprendedora turística", dice con pícara sonrisa, mostrando su marca de dulces artesanales Cerro Real.

La escuché a Mártir contar su historia en la noche del jueves, durante un simbólico acto por los 20 años de la Fundación Tierranuestra. Esta organización, nacida en abril de 1997, en una granja de Ybycuí, bajo el impulso de una excepcional mujer llamada Lucha Abatte, es pionera en la educación ambiental al aire libre y en la formación de comunidades emprendedoras, hasta integrarse con otro revolucionario proyecto educativo: Sonidos de la Tierra, del maestro Luis Szarán.

Entre los sones del Imagine de John Lennon, en versión guaraní, cantada por Ricardo Flecha e interpretada por la Orquesta de Instrumentos Reciclados H20 Sonidos del Agua, fuimos conociendo otras conmovedoras experiencias, como el rescate y la promoción de los humedales del Lago Ypoá o la preservación del patrimonio intangible en Areguá, pero principalmente la odisea de llevar la educación musical a 18.000 niños, niñas y jóvenes de escasos recursos en todo el país.

La creación de tantas orquestas musicales como escuela de vida, de donde emergen quizás buenos músicos, pero sobre todo ciudadanos y ciudadanas conscientes de su responsabilidad social. Y por detrás, "la escuela que no se ve": las comunidades que rompen la apatía y se organizan para mejorar sus condiciones de vida.

Fue inevitable hacer la comparación. Horas antes habíamos asistido a una larga y deplorable sesión de miserias en el Senado, como consecuencia de una artificial crisis política que mantuvo al país en vilo por largos meses, y nos preguntábamos casi con vergüenza ajena: ¿Es este el Paraguay que merecemos?

Pero esa noche estábamos allí y podíamos ver el otro país. Personas con una visión diferente sobre el Paraguay, que no solamente sueñan o imaginan ese otro país, sino que lo están construyendo. Personas que esperan encontrar o crear algún día, más temprano que tarde, a los líderes políticos que realmente los representen y los merezcan...