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Opinión
domingo 21 de mayo de 2017, 02:00

Estafadores

Arnaldo Alegre
Por Arnaldo Alegre

Lo de Unasur es solo la punta del ovillo. 9.000 estudiantes con el futuro hipotecado por una institución que imparte carreras sin la habilitación correspondiente. Y que, para colmo del cinismo, protesta y trata de soliviantar al alumnado porque las autoridades hacen cumplir las leyes y ordenan que se cierren las carreras de marras.

Este solo hecho demuestra el nivel de precariedad y de informalidad en el que se gestó el mayor crecimiento de la educación terciaria en la historia del Paraguay. Las universidades son prácticamente edificios con cartelones con nombres pomposos, pero más vacíos que la moralidad de sus directivos.

Es el más abyecto de los comercios. En gran parte de esas universidades lo único que importa es el dinero. No interesan ni la calidad educativa, ni la formación moral y social del estudiante, ni las necesidades de un país que requiere de la preparación de todos sus ciudadanos.

Las universidades establecidas desde hace decenios tampoco son ejemplos de pureza y probidad educativa sin mácula. Allí se pueden comprar exámenes como caramelos o asignar rubros docentes a la amante, al esposo, a la amante del esposo, a alguna sobrinita tentadora o a la tía abuela.

Detrás de todo ello está nuestra patética clase política. Reyes Midas del revés: pudren todo lo que tocan. Y al contrario del héroe mitológico, no mueren de hambre.

Todas las universidades que se abrieron en los últimos años tienen detrás a un padrino político o directamente son sus cotos de caza. Eso sí, acá no hay banderías políticas ni sensibilidad ideológica. El único color al que responden es el del vil metal. Y como corifeos interesados están jueces y fiscales para avalar con sus resoluciones el negocio.

Un informe del Banco Mundial indica que en este siglo se dio el mayor crecimiento de la educación universitaria en América Latina y el Caribe. En la década de los 90, el aumento del alumnado fue de solo 4%. A partir del 2000, se duplicó.

Precisa que hay tres millones de nuevos estudiantes que provienen de los sectores carenciados. Además la inversión en este campo es casi similar a la de los países desarrollados.

En ese contexto, en el país hay personas, tanto estudiantes como profesores y directivos, que hacen esfuerzos tenaces para honrar con su trabajo a la universidad. Pero en las actuales circunstancias, la abnegación no es virtud. Ellos deben movilizarse para imponerse a los comerciantes y aprovechadores y, así, depurar de una vez por todas la educación terciaria.