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Opinión
sábado 28 de enero de 2017, 02:00

El sexo débil

Miguel Benítez – TW: @maikbenz
Por Miguel Benítez

Para finales del siglo XIX, el denominado sexo débil había reconstruido una nación que quedó al borde del total exterminio. Ese vilipendiado sexo débil había dado a luz y educado a Eligio Ayala, Emiliano R. Fernández, Juan E. O'Leary, Manuel Ortiz Guerrero, Blas Garay, José Félix Estigarribia, José Asunción Flores, Augusto Roa Bastos y muchas ilustres personalidades masculinas de quienes hoy nos vanagloriamos, pensando tal vez que aparecieron de la nada. Recalco esto, porque muchas mentes obtusas contemporáneas creen que la mujer paraguaya solo tuvo una labor reproductiva en la posguerra, como si el crecimiento integral de sus hijos fuese azar del destino.

En medio de la absoluta precariedad, las hermanas Adela y Celsa Speratti formaron mentes brillantes y dejaron un legado inconmensurable, como lo es el haber convertido en profesoras a un sinnúmero de jóvenes mujeres del interior y de Asunción, quienes volvieron a transmitir sus conocimientos a las generaciones posteriores. Sí, fue el sexo débil el encargado de reducir el analfabetismo.

Más de 300.000 trabajadoras domésticas e incontables amas de casa permiten que las familias se desarrollen. Los niños pueden estudiar y los patrones tienen tiempo para seguir acumulando riquezas y alcanzar sus sueños, gracias a que las "mujeres del servicio doméstico" se extralimitan en sus actividades hogareñas y hasta ayudan en sus tareas escolares a los críos ajenos. Motor invisible de la economía nacional se llama esto.

En el campo profesional, las mujeres siguen ganando salarios menores que los varones, siendo que están más capacitadas, según datos oficiales del Ministerio del Trabajo. La población laboral femenina (del segmento profesional) tiene más años de estudio que la masculina, pero percibe un 25% menos de ingresos, de acuerdo con la información oficial.

Para colmo, hoy la mujer paraguaya está siendo asesinada a manos de valientes caballeros y muchos ojos se niegan a creer en el feminicidio. La nomenclatura es lo de menos, lo concreto es que existe. En enero, hubo una muerte cada cuatro días, pero para algunos eso no es alarmante.

Más allá de que una ley (como la que se está tratando en el Congreso) fije las penas por todo tipo de maltrato contra la mujer, hace falta una revisión mucho más profunda. Ya no se trata de feminismo, se trata de simple sentido común, decencia, respeto y gratitud.

Una normativa es precisa, pero también se necesitan educación e igualdad en todos los ámbitos. Se requiere reformar los vetustos planes pedagógicos y empezar a tocar los temas tabúes, como el sexo, la planificación e independencia económica. Se debe reconocer que hoy la mujer tiene las mismas o incluso más oportunidades y libertades que un hombre. Paraguay necesita una reconciliación histórica con su origen. La subsistencia de la Patria nueva fue posible gracias a las mujeres y eso no lo logra un sexo débil.