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Opinión
lunes 29 de mayo de 2017, 02:00

El guaraní que no hablamos

Sergio Cáceres Mercado – sergio209@lycos.com
Por Sergio Cáceres Mercado

"Cada vez más personas con nombres en guaraní". Este es el título del material publicado por la periodista Brigitte Colmán en el diario Última Hora de ayer. Me llegó al corazón porque también tengo dos hijos con nombres en guaraní, hecho que tiene su historia y me ha llevado a pasar situaciones de las más variadas.

Cuando Panambi nació en el año 2000 ya entreveía que el idioma guaraní sería cada vez menos hablado. No estaba seguro de si ella lo hablaría, pero al menos su nombre le recordaría ese idioma que todavía lucha por sobrevivir en él Paraguay. Por eso con su madre decidimos bautizarla así. Hoy ella tiene 16 años, está feliz con su nombre, pero solo entiende algunas palabras y habla casi nada de ese idioma, a pesar de que lleva más de una década con ese idioma a su lado gracias al sistema educativo que al final resulta totalmente un fracaso en ese aspecto. No puedo decir lo mismo del inglés, que con menos años en su vida ya lo ha incorporado y usado en viajes internacionales. Esto indica algo muy significativo que alguna vez espero sea tema de debate a nivel de política pública.

El caso de Arandu, tres años después, fue más problemático en el Registro Civil. A diferencia de Panambi, el nombre Arandu no lo querían anotar porque no lo consideraban tal. Al final logré mi cometido luego de insistir hablar con un superior; al no poder darme tampoco él una sola razón, accedió a registrarlo. Sin embargo, pude notar cierto prejuicio contra el guaraní en aquellos funcionarios. Algunos nombres lo consideraban normales, pero otros les parecían inadecuados, pero al no poder fundamentar tal idea tuvieron que rectificarse.

Volviendo al artículo de Colmán, este boom de poner nombres en guaraní a los hijos revela varios aspectos de nuestra relación con dicha lengua ancestral. Hay como un sentimiento de culpa porque lo estamos perdiendo; tan vapuleado fue este idioma que al menos en los nombres de nuestros hijos queremos que siga vivo. El amor a nuestros hijos se revela en los nombres que les ponemos, elección que nunca es azarosa sino que revela mucho sobre los padres. Ponerles nombres en guaraní quizá indica que amamos algo que queremos que se quede un poco más con nosotros a través de nuestra descendencia. Es lo menos que podemos hacer, ya que no lo hablamos, o si poseemos el idioma no lo hablamos con ellos.

El problema del guaraní no es semántico ni sintáctico, es moral y simbólico. En la lucha de sentidos que se dan a nivel social este idioma precolombino tiene las de perder porque es presentido su uso como de menor nivel. Lo hablamos con ciertas personas y con otras no, en ciertas situaciones sí y en otras, no. Su uso intermitente indica una herida profunda que le fue hecha en los siglos de existencia de nuestra nación, que por ignorancia, mentalidad colonizada y esnobismo la condenó al ostracismo de ciertas clases sociales. Un debate profundo sobre el guaraní y nosotros nos llevará a entender nuestra identidad como nación plural y cruzada por múltiples combates de sentido.