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Arte y Espectáculos
viernes 18 de noviembre de 2016, 22:10

El erotismo y la literatura en la obra de Esteban Bedoya

El escritor paraguayo Esteban Bedoya publicó una nueva novela corta llamada "Las ensaladas de la señorita Giselle", que tiene influencias de novelas de Apollinaire y Nabokov, y que también será llevada al cine próximamente. En esta entrevista el autor habla sobre su obra y sus influencias en la creación literaria.

Por José Biancotti | jbiancotti@uhora.com.py

Días atrás se lanzó la última novela corta de Esteban Bedoya, Las ensaladas de la señorita Giselle. La obra será adaptada a la pantalla grande próximamente bajo la dirección de realizador español César Espada, quien actualmente trabaja en el guión.

La historia es producto de la observación de la vida universitaria en Australia, donde Bedoya residió en los últimos años. El escritor contactó con universitarios y localizó su historia en ese ámbito. La trama gira en torno a un profesor de literatura, de origen paraguayo, que pretende iniciar un romance con una joven ayudante de cátedra.

"Es una historia de tinte erótico en algunos pasajes, pero tiene mucho de jocoso y la gente que la leyó ha disfrutado del humor", dijo el autor en contacto con este medio.

En la obra se incluyen imágenes "un poco grotescas" y descripciones que hacen referencia al personaje, a cómo todavía es un problema para él ser un inmigrante finalmente bien posicionado y con un reconocimiento académico, pero que todavía no termina de integrarse completamente en una sociedad distinta como es la australiana.

"Yo creo que lo interesante es el trabajo del personaje. Descubrir lo que es la psicología del personaje. El libro tiene 60 páginas y también incluye un análisis crítico de un profesor de la universidad de Sidney, un catedrático de literatura que analiza la novela y la compara con otras obras clásicas de la literatura erótica", expresó Bedoya.

¿Esta historia tiene elementos de la realidad?

—La anécdota de fondo es una ficción, pero los personajes pueden ser muy reales y de hecho hay algunos nombres que son reales. Les pregunté a las personas si les molestaría que utilice sus nombres para la historia y me dijeron que no, que no había problema, y tal es así que están puestos esos nombres en el libro. Entonces hay una mezcla de realidad y de ficción. Creo que algo que hace interesante a una historia es cuando no se logra descifrar muy bien qué es real y qué es ficción. Creo que ese manejo de la realidad es lo que la hace atractiva.

¿Tiene algún referente literario que haya influenciado en la escritura de esta novela?

—Leí a algunos autores de literatura erótica y también menciono en el libro algunas obras que son clásicas, como Las once mil vergas, de Apollinaire; después no lo menciono pero está Lolita, de Nabokov; la obra de Muerte en Venecia, de Thomas Mann. Menciono a algunos autores que le van dando un marco a esta historia. Utilizo una frase, por ejemplo, de uno de los libros que me sirven de introducción a la novela, porque el profesor que es protagonista leía estas obras eróticas y entonces menciona un pasaje de una de ellas y eso sirve como una introducción a la historia.

¿Considera que en una historia erótica debería predominar la descripción del momento sexual?

—No, porque tiene que haber una justificación para que haya una descripción. No tiene que ser solamente la descripción para despertar el morbo del lector, sin razón alguna, porque entonces eso se vuelve pornográfico. En cambio, si en la historia se justifica hacer una descripción entonces puede ser una obra literaria erótica. Hay mucha diferencia entre una historia pornográfica y una historia erótica.

—¿Cómo planteó su anterior obra El apocalipsis según Benedicto?

—Yo utilizo esa historia como una forma de crítica a lo que es la parte más conservadora de la Iglesia, porque la Iglesia tiene sectores más progresistas y otros muy conservadores, y el Vaticano siempre fue muy conservador hasta Ratzinger. Elegir su figura fue una decisión difícil porque meterse con un papa no es sencillo, por todas las críticas que puede traer. Y para eso me informé bastante sobre su vida. Estuve investigando durante casi un año para empezar a escribir esa historia. Y fue una que salió muy bien, me dejó muy satisfecho e incluso le dieron el premio Lily Tuck del 2010 y se tradujo al inglés. También tuve oportunidad de presentarla en Australia.

¿Siguió el mismo proceso de escritura con La colección de orejas?

La colección de orejas es una descripción muy crítica de la sociedad paraguaya desde prácticamente inicios del stronismo hasta finales de ese periodo. En el libro describo varios problemas paraguayos muy complicados de resolver, como el de la distribución de la tierra, la expulsión de campesinos y aborígenes de sus tierras, la trata de personas. Todo eso lo describo a través de una familia ficticia de la mafia del stronismo que está envuelta en esos negocios y esas cuestiones turbias. Entonces utilizo una familia inventada, representante de esa clase corrupta, y en ese núcleo hay un criado que es justamente un aborígen, un mbyá guaraní. Al describir la vida de él describo lo que es la vida de esa casa. Es un libro muy crítico sobre la década del 50 hasta el 90. No es un libro de historia, pero se mencionan acontecimientos históricos muy fáciles de identificar.

¿Cómo recibe las malas críticas hacia sus obras?

—Si fuese una crítica literaria la acepto con mucho gusto porque me ayuda a corregir algunos problemas que puede tener la obra. Si fuese una crítica porque yo me tomé la libertad de hablar de una época de nuestra historia, bueno, tenemos libertad de expresión para que cada uno pueda decir lo que quiera, utilizando argumentos. Yo puedo argumentar por qué escribí tal cosa y a alguien puede no gustarle, pero esa otra persona tendrá sus argumentos para disentir conmigo. Y creo que lo importante en una democracia es que podamos disentir de manera civilizada contrastando opiniones a través de los argumentos. Por La colección de orejas recibí críticas negativas de personas que vivieron con privilegios durante esa época del estronismo.

Pero eso no significa que su trabajo se detiene.

—No. Yo creo que hay un compromiso de parte mía. El escritor en general es un cronista de su época y en la medida que uno se siente comprometido con su sociedad tiene que expresar lo que siente y lo que cree que puede ser mejorable. Para eso hay que conocer de la sociedad en la que estamos viviendo, saber describirla y que haya una toma de conciencia de parte del lector para ayudarle a generar cambios. Yo creo que lo que uno pretende es influir, ayudar a generar un espíritu crítico para que se produzcan cambios. Por supuesto que es un granito de arena, pero es necesario.

¿A qué autores lee?

—Entre los autores paraguayos, principalmente me gusta Roa Bastos, Rivarola Matto, Rafael Barret, quien no era paraguayo pero escribió sobre el Paraguay y me gusta por el compromiso de su escritura y por la calidad de su pluma, y obviamente hay otros muy talentosos.

A nivel internacional, siendo muy joven yo aprendí lo que es la libertad de expresarse a través de la literatura de García Márquez. Pero trato de leer de todo. Hay autores españoles muy buenos como Javier Cercas, Pérez Reverte, José Cella. Autores argentinos como Borges, Cortázar, Osvaldo Soriano. Pienso que es interesante leer de distintas fuentes para ir comparando la propia literatura de nuestro país, lo que uno escribe y ver qué se está haciendo afuera.

¿Cuál es el aporte de los autores al mundo?

—Creo que uno tiene la posibilidad de escribir y trascender sin importar cuán pequeño sea el país, si la temática resulta interesante. En ese sentido, estoy muy satisfecho porque mis libros fueron todos traducidos al francés y también tengo libros publicados en inglés. La colección de orejas justamente se está traduciendo al italiano. Algunas historias son muy paraguayas y, sin embargo, tienen proyección internacional. Entonces, la literatura nos acerca al mundo, es un lenguaje que se entiende en todas partes y nos va abriendo puertas, nos ayuda a entender el mundo, es la mejor forma de conocer un país, una cultura. El hábito de la lectura es muy importante porque nos enriquece, nos vuelve más críticos y podemos aportar más a nuestras sociedades.

¿Cómo influyó García Márquez en su obra?

—Yo lo leí a él cuando empezaba a practicar literatura con la pretensión de escribir literatura. Porque uno comienza escribiendo frases sueltas que pueden ser muy lindas, pero una cosa es armar una estructura y otra distinta es armar una historia. En esa época estuve en un taller literario en Buenos Aires, con un escritor que se llama Dalmiro Sáenz, y ahí empecé a leer bastante más de lo que leía antes. Me acuerdo que leí La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Quedé muy maravillado con los personajes de la historia y porque el escritor no tenía miedo de escribir aunque haya escenas que parezcan ridículas, absurdas. Y eso para mí fue una enseñanza importantísima porque yo no imité esas imágenes pero sí me animé a soltarme. En mi primer libro de cuentos hay uno que se llama "El amor entre el gato y la mosca", que es un absurdo total pero producto de esa libertad de expresar lo que uno tiene ganas.

¿De qué manera cree que se puede manipular la realidad a través de la ficción?

—Yo creo que la ficción nos ayuda a mostrar una realidad y a hacerla más evidente. Notar ciertos aspectos de la vida a través de la ficción, hacerla más palpable a ciertas situaciones de la vida. De hecho, hay situaciones de la vida cotidiana, algunas que son increíbles, y que uno dice: "Bueno, si uno escribe esto van a decir que es exagerado". Entonces lo que hace la ficción es describir la realidad y se nutre de ella. A menos que sea una ficción fantástica con monstruos, que también puede resultar. Ese monstruo puede tener un comportamiento casi humano y puede reflejar un espíritu piadoso o maquiavélico. También puede servir como una herramienta para contar algo, una especia de parábola. Creo que en ese sentido todo es válido.

Sobre el autor

Esteban Bedoya nació en Asunción el 25 de abril de 1958. Viajó con su familia a la Argentina y allí terminó la secundaria y la universidad, donde se recibió de arquitecto.

En los años de la dictadura de Stroessner, dedicó parte de su tiempo al trabajo político con los exiliados paraguayos, quienes como él vivían en Buenos Aires. Fueron años de intensa práctica y aprendizaje, período en el cual obtuvo premios literarios.

Su libro, La fosa de los osos (2003), fue traducido al francés como La fosse aux Ours (2005) y al alemán como Der Bärengraben (2009), y fue publicado en Francia con el sello de la editorial La Derniére Goutte.

Asimismo, su novela Los Malqueridos (2006) tiene dos ediciones y se tradujo al francés.

El Apocalipsis según Benedicto (2008) fue traducido al inglés y publicado en Estados Unidos. Y su penúltimo libro, La colección de orejas (2012), se tradujo al francés, al inglés y al italiano para su publicación por el Sindicato Italiano de Escritores de Italia.

Los libros del autor pueden ser adquiridos en la Editorial Arandurã (Teniente Fariña 1074). Puede adquirirlos también a través de Amazon.