Desde la década de los 90 a esta parte, probablemente, –en términos de debate– esta previa a unas elecciones generales está siendo una de las más apáticas y pobres que se recuerden en el Paraguay.
Los pequeños ruidos mediáticos que se han generado no pasaron de la trivial discusión sobre si el servicio militar construye o no el patriotismo en los jóvenes y si cuestiones de género estarán incluidas en una eventual modificación de la Carta Magna.
Sobre problemas de fondo como la precariedad en el sistema de salud, la urgente necesidad de una reforma educativa y respecto a qué modelo económico tendremos en los próximos años en cuestiones como el manejo de la deuda pública, políticas para la reducción de la tasa de informalidad y medidas para frenar el creciente nivel de desempleo, ni una palabra.
Es que los mismos candidatos a la presidencia de la República no ponen sobre la mesa estos temas cuando están ante los medios de comunicación; todo se limita a un patético lanzamiento de dardos, pese a que ambas carpas tienen techo de vidrio.
En consecuencia, se genera una apatía ciudadana que es señal peligrosa, ya que evidencia que son pocos quienes avizoran algún cambio positivo para el país, independientemente de quién gane.
Lo que es peor, tan mediocres han sido las propuestas que incluso algunos indecisos andan con la calculadora limitando el análisis a quién será “el menos peor” para el próximo periodo.
Porque si Efraín aparece como una figura gastada y sin gracia en la política paraguaya, Marito encarna en un rostro joven la sombra de retorno de viejas prácticas de la época de “mano dura” del dictador, al que insólitamente reivindica por sus obras.
En las listas parlamentarias se respira cierto aire fresco con candidaturas independientes, pero aun con algunos buenos perfiles estos se pisotean entre sí restándose capacidad de ganar una importante cantidad de escaños.
Así el país camina hacia elegir un nuevo gobierno casi sin notarlo; lo que es bueno a corto plazo, pues no genera incertidumbre para el sector económico; pero a mediano y largo plazo da la sensación de que no se deben esperar reformas importantes sobre las necesidades que urgen atender en la República.
Y no es que adopte una postura pesimista, es que el nivel de oferta sobre planes de gestión de ambos contendientes es tan pobre, que al final nimiedades terminarán por inclinar la balanza del elector a favor de quien se encargue de dirigir los destinos de este país por los próximos cinco años.