En medio del trajín, durante las vacaciones que me tomé hace unos días, viví una situación bastante particular con un niño de mi ciudad natal, Isla Pucú, Cordillera.
Eran las 6.30 cuando salíamos apurados con mi padre para llegar a tiempo a sus controles médicos en Caacupé. Me dispuse a acelerar, por la prisa, ya que temía llegar tarde.
Cuando avanzábamos, en la infausta carretera, un niño, con impecable uniforme escolar, caminaba medio tristón y bostezando. Freno y lo invito a llevarle a su destino, una escuela cercana de la localidad.
Intentando hacer conversación, le dirijo algunas palabras preguntándole en qué grado estaba. En quinto grado, susurró medio intranquilo, preocupado, inquieto, inocente.
Le pregunté el porqué de su expresión de ansiedad y me respondió: Es que ya casi estoy terminando la escuela y quiero irme al colegio, en el centro de la ciudad, pero eso implicará gastos que mis padres, según me adelantaron, no van a poder pagar.
¿Y por qué no continuás estudiando en tu misma escuela, tengo entendido que ahí enseñan hasta el noveno grado?, insistí, y respondió que la educación en su actual escuela no era la ideal.
¿Por qué?, exhorté, sorprendido con su afirmación, y contestó que él está haciendo un esfuerzo enorme para entender lo que lee, que quiere aprender más, y que en su actual escuela no le será posible.
No supe qué responder, hasta que llegamos a su escuela. El niño se bajó y me agradeció el favor de acercarle. Lo único que le dije, aunque medio torpe, es que siga sus sueños sin importar las dificultades. Pero ¿cómo ante la falta de oportunidades?, analicé en mi interior.
En el poco tiempo que nos dispusimos a conversar, el niño dejó algo bastante claro: En el país sigue existiendo una educación de primera y de segunda. Una de poca calidad, donde el estudiante no entiende lo que lee y otra privilegiada y de calidad a la que pocos pueden acceder. Una realidad triste, que indigna y exaspera.
El ministro de Educación, Enrique Riera, debe dejar de despotricar contra los líderes estudiantiles a quienes tilda de “instalar una crisis”. Por si no lo sabe, señor ministro, la crisis ya está instalada en el país por la paupérrima educación que se brinda a los jóvenes.
Le recordamos, además, que Paraguay invierte solo 3,5% del PIB en educación, muy por debajo del 7% mínimo exigido por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Por eso, concéntrese en mejorar el nivel educativo de nuestros jóvenes y déjese de pavadas.