04 nov 2026

Diplomas y uniformes

Por Benjamín Fernández Bogado – www.benjaminfernandezbogado.wordpress.com

Benjamin Fernandez

Una expresión popular afirma lo siguiente: “Si querés conocer a un paraguayo, nombrale sargento”. El poder, el uniforme, el diploma... son formas de suplir la inveterada falta de afecto que lleva a la carencia de autoestima y reconocimiento. Somos un pueblo y (huérfano, abandonado) y en los escasos momentos que alguien se eleva sobre esa condición es cuando lo nombran para un cargo. Uno de los ellos me dijo alguna vez: “En realidad, no me importa mucho el salario como que me digan ‘profesor doctor, director, jefe, patrón o ministro’, ¡no sabés cómo me siento! Una de las maneras de medir el grado de satisfacción con uno mismo debería pasar por una máquina similar al polígrafo, que mida la carencia de afecto que lleva a muchos a buscar un cargo público de manera afanosa y afiebrada. Con todo lo que representa sacar adelante una agenda pública, finalmente, el que tiene un cargo lo único que le queda en su impotencia es el uniforme o el membrete.

Las pautas de comportamiento cambian por completo desde el instante en que uno es intendente, concejal, gobernador, presidente o administrador de Puertos. Desde ese instante, los cortesanos lo llenan de elogios con el solo propósito de convertirlo en un rehén que le permita traficar influencias y multiplicar recursos. Cada uno de ellos debe demostrar el poder de forma pública porque, de lo contrario, es simplemente no tenerlo. Así, el administrador se llena de camionetas último modelo para sí, su familia cercana o lejana o, como el caso de Radice, cuya generosidad musulmana alcanzó a sus tres esposas y toda su cohorte en un califato generoso sostenido por el dinero de todos. Siempre he dicho que somos más árabes de lo que nosotros creemos. En la menor ocasión no nos salta el indio ni el español: nos emerge la influencia de 800 años de presencia árabe en la Península Ibérica antes del descubrimiento de América.

Todo eso requiere suplir también de la carencia y las dudas de identidad. Oviedo decidió que todos sus adherentes tuvieran carné. Recuerdo a un indígena que había plastificado una tarjeta personal del fallecido general que le presentaba como aborigen (¡) y pedía a los choferes que lo hicieran viajar gratis.

Los diplomas abundan por doquier llegando incluso a la larga y venerada masonería mundial envuelta en un halo de misterio y secreto; sin embargo, en el Paraguay, ¡concede un diploma a quien es miembro de la sociedad del compás y la escuadra! ¡Aquí los miembros criollos se ufanan de su membresía con pines hincados en solapas y corbatas! La Justicia Electoral realiza un sarao para entregar diplomas a los electos para cargos públicos. Esto es Paraguay, un país –como dice la canción– cuyas “costumbres no tienen nada que se parezcan a otra nación”.

Entre el uniforme, el diploma, los pines y la falta de reconocimiento se desplaza nuestra cada vez más costosa y desvergonzada burocracia. Los marajás se multiplican y nadie puede contra ellos.

De vez en cuando surge alguna rebeldía ciudadana, pero mientras el comportamiento atávico no cambie, el problema será solo porque todavía no nos ha tocado a nosotros. No se condena la práctica corrupta, sino la ausencia de oportunidades en ese campo.

El imaginario nacional debe ser cambiado por criterios modernos, pero para eso tenemos que superar las carencias emocionales que operan como lastres que impiden finalmente elevarnos a estadios superiores.

Si todos quieren el poder para suplir carencias afectivas y de formación, no nos quejemos después de las consecuencias que todo eso supone en el desarrollo del Paraguay.