22 de mayo
Miércoles
Lluvioso
19°
25°
Jueves
Lluvioso
17°
25°
Viernes
Cubierto
13°
24°
Sábado
Parcialmente nublado
10°
21°
Avatar
Avatar
Bienvenido,
Cerrar Cerrar
Cerrar
Login/Registración
Búsqueda
Cerrar
Opinión
domingo 5 de febrero de 2017, 01:00

Democracia imperfecta antes que dictadura

Por Alberto Acosta Garbarino Presidente de Dende
Por Alberto Acosta Garbarino

La semana pasada se cumplieron 28 años de la revolución del 2 y 3 de febrero de 1989, que posibilitó la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner y el inicio de un periodo democrático inédito en la historia del Paraguay.

No fue casualidad que este hecho histórico ocurrido en nuestro país haya coincidido en el tiempo, con procesos similares de democratización en todos los países de América Latina.

Sin lugar a duda, la presión interna ha sido un factor importante para el advenimiento de la democracia en la región.

En 1983 en la Argentina, los militares tuvieron que entregar el poder como consecuencia de los incontenibles reclamos ciudadanos por la derrota en la guerra de las Malvinas; en 1985 en el Brasil, los militares tuvieron que ceder ante el multitudinario movimiento social que exigía Directas Ya; y en 1988 en Chile, el dictador Pinochet tuvo que iniciar el proceso de entrega del poder como consecuencia de su inesperada derrota en el plebiscito donde la ciudadanía le dijo NO, a su continuidad en el gobierno.

Si bien la presión interna fue importante, no cabe duda de que la presión externa fue decisiva para precipitar esa avalancha de procesos de democratización en toda la región.

El prestigioso profesor de la Universidad de Harvard Samuel Huntington en su libro La tercera ola, la democratización a finales del siglo XX indica claramente que esta marea democratizadora solamente fue posible gracias al cambio de la política exterior de los Estados Unidos.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la política exterior norteamericana –en medio de la guerra fría– fue la de apoyar a cualquier tipo de régimen, siempre que sea anticomunista.

Lo hicieron en el Asia apoyando a sanguinarios dictadores en Corea, Vietnam y en Camboya; lo hicieron en Centroamérica apoyando a Batista en Cuba y a Somoza en Nicaragua; y lo hicieron en Sudamérica apoyando las dictaduras brasileñas y argentinas y a dictadores como Pinochet y Stroessner.

A finales de la década de los 70, era muy claro que esta política había fracasado rotundamente. En el Asia habían caído en manos del comunismo Vietnam, Laos y Camboya y en América Latina, Cuba y Nicaragua.

A partir de la década de los 80, la nueva política exterior norteamericana fue la de apoyar a gobiernos democráticos y respetuosos de los derechos humanos.

A partir de ahí, la presión política y económica externa sumada al descontento interno hizo que todos los países del continente iniciaran procesos de democratización.

Según Huntington, esta democratización presionada desde el exterior encontraría como principales problemas para su sostenibilidad la pobreza y la falta de educación en la mayoría de los países de la región, lo cual iba a llevar inevitablemente a democracias populistas y anárquicas.

Sin duda alguna, el profesor Huntington tenía razón, pero la pregunta que uno se formula es, ¿cuál es la opción? Y la respuesta es... no hay otra opción. Como decía Winston Churchill: "La democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos restantes".

El día de hoy recibí por WhatsApp un emotivo video elaborado por mi amigo Pablo Herken comentando su terrible experiencia de torturas recibidas durante la dictadura de Stroessner. Este video me hizo recordar los últimos días de mi padre, que en su lecho de enfermo tenía alucinaciones y rememoraba su terrible paso por el Departamento de Investigaciones de la dictadura stronista.

Hoy que festejamos los 28 años del inicio de nuestra democracia, podemos decir que la misma tiene muchos problemas y que no es perfecta, pero es el mejor sistema político que el ser humano haya creado.

Como si fuera un jardín, cuidémosla, perfeccionémosla y defendámosla, porque creo que casi nadie quiere para nuestros hijos la misma sociedad autoritaria y sin libertades en la que vivieron nuestros padres.