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Opinión
viernes 10 de junio de 2016, 01:00

Con toga en el garaje

Por Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

Acondicioná el lugar con algunas computadoras, ponele nombre de santo, carteles por todos lados en el barrio, entrada y salida habitual y salida de emergencia en el mismo sitio...

Es risueño y todo hasta que uno se topa con su lado oscuro.

Por ejemplo, cuando se cae el edificio en el que invertiste tu plata, cuando te gana el concurso alguien que ni sabe hablar castellano porque presentó más títulos o se descompone la herida que te dejó el supuesto licenciado.

Ahí empieza a doler.

El plagueo. Y, por supuesto, el chiste se convierte en plagueo y la responsabilidad nunca, nunca está en mi cancha, pero resulta que todo el mundo vio la cochera, reconoció a algún alumno, conoce a los dueños, farrea con alguno de los que habilitaron el sitio o va a misa con flamantes universitarios de garaje.

¿Quién tiene la culpa?

¿Rompemos el huevo o matamos a la gallina?

¿Hacemos sarambi en el gallinero con voz de gallo patrón y que se espanten todos, o nos sentamos a analizar como gente adulta, con la verdad sobre la mesa?

¿Universidades? Las universidades de garaje están allí y muchas veces son solo una extensión de los colegios garajes y de las escuelas garajes; ojo, algunos con pinta de hoteles de 5 estrellas en cuanto a su infraestructura también, pero con el desmoronamiento inminente por la falta de seriedad en sus andanzas de viveza criolla.

Se calculan en más de 6.000 los estudiantes jóvenes estafados por esta gente.

Y no me refiero solo a los caraduras y criminales que sin estar habilitados emiten títulos truchos; voy más allá y me dirijo a los que gracias a sus amigotes en el poder consiguieron el papel y la habilitación, pero no así la altura formativa y ética para sacar adelante profesionales universitarios.

El ministro Enrique Riera solo metió el dedo en la llaga, pero ¡cómo duele esta herida porque la cosa está muy extendida!

Mediocridad. Es fruto de una mentalidad facilista, mediocre, en el fondo acomplejada, propia de miembros de una sociedad que no se respeta a sí misma, que tiene autoestima baja.

Péichante...

Ojalá este paso de no avalar los títulos truchos sea solo el comienzo de un sinceramiento general en este tema de los estudios superiores.

Lo digo con un deseo genuino de mejora.

Porque nos merecemos algo mejor en esta sufrida Nación guaraní.