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Opinión
lunes 7 de agosto de 2017, 02:00

Cavernas y desaparición

Blas Brítez - @Dedalys729
Por Blas Brítez

Que los cavernícolas vivían en cavernas es algo que la ciencia humana se ha encargado de desmentir. Pero preferimos imaginar a aquellos hombres y mujeres escondidos de la luz en el fondo de las piedras.

Que los cavernícolas son como fantasmas que nos recuerdan nuestro trance de convertirnos en lo que somos, atestigua el carácter estereotipado, a menudo rencoroso, con que nos referimos a aquellos cazadores-recolectores del Paleolítico, nuestros antepasados.

La historia y la literatura occidentales han reservado a ese periodo difícil, que todavía está en nuestro código genético, la expresión de nuestros más antiguos temores.

El uso del término cavernícolas por parte de la ministra de Hacienda, Lea Giménez, para referirse a los campesinos movilizados en el microcentro de Asunción, tiene algo que ver con ese temor rencoroso hacia un pasado común. La primera mujer en manejar los destinos de la política económica estatal paraguaya, formada en universidades de los Estados Unidos, incurre en la debilidad lingüística de afirmar que "no somos cavernícolas". ¿Quiénes no lo son? Parece ser que habla en nombre de todos aquellos que, como la funcionaria de Horacio Cartes (quien vetó la ley de subsidio y de emergencia), han destilado en estas semanas un odio revulsivo en artículos de los diarios, informes televisivos, programas de radio, con rebote inmediato en las redes sociales.

Es un odio que deviene de un miedo que, a pesar de tener diariamente en la mesa lo que sale de la tierra trabajada por manos campesinas, traduce el "no ser ellos", "los otros", "los incivilizados" del pasado, parte de una clase y un tiempo que suena idílico en las canciones que nuestros padres y abuelos cantan, pero... ¡qué hacen en la ciudad tratando de no morir en su pobreza cavernícola!

Para ese nosotros de Giménez, detrás de los alimentos no está nadie; es mejor que ese nadie languidezca en su haraganería ancestral hasta desaparecer como se extinguieron muchos pueblos indígenas. Es exactamente lo que el subsidio al agronegocio y el acogotamiento de la agricultura familiar está logrando en el interior del país. La desaparición. Me cuesta creer que no es un proyecto en marcha. Uno perverso que, como en los tiempos de la Inglaterra de los enclosures del siglo XVI, cuenta con aval ejecutivo y jurídico.

Los campesinos hicieron todo lo que el Estado les pidió dentro de sus programas –incluido el endeudarse para producir rubros de monocultivo como la chía–, les prometió mercados y no cumplió; deshonró un acuerdo el año pasado y ahora la banca privada es dueña de sus vidas. Y la ministra de Hacienda, doctora y máster en Economía, los llama cavernícolas, azuzando el estigma y las fobias culturales e históricas. El elogiado Eligio Ayala (1879-1930), quien también estudió en universidades del extranjero, prefería a los campesinos porque él mismo lo era; pero sobre todo porque los obreros le parecían la peor basura. Desde el Gobierno, no es la primera vez, ni mucho menos, que un funcionario inocula su prejuicio y su fobia que algo también tiene de colonial. Tampoco será la última.