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Opinión
miércoles 28 de junio de 2017, 02:00

Cartes, Menchi y Óscar

Susana Oviedo – soviedo@uhora.com.py
Por Susana Oviedo

Cuando el presidente Nicanor Duarte Frutos cumplía su tercer año de mandato, y estaba entusiasmado con la idea de la reelección, asumió hacia la prensa una actitud mucho más altanera de lo habitual.

Fue entonces cuando, ante cualquier crítica hacia su gestión, instaba a la gente a no creer en "la prensa kuriju", figura con la que desacreditaba al periodismo local, y recordaba reiteradas veces un hecho que había ocurrido en Concepción, donde una mujer un día denunció que una boa se había tragado a su esposo, cuando intentaban huir de la crecida del río.

Este hecho, difundido como cierto por los medios de comunicación, que no pudieron chequear la veracidad, resultó ser un invento de la señora. El caso originó numerosas críticas hacia la escasa rigurosidad del principio periodístico de la contrastación y verificación de los datos, antes de difundir una información.

En cuanto escenario podía, Duarte Frutos denostaba con este ejemplo contra los medios de comunicación y los propietarios de las empresas periodísticas.

De una manera mucho más burda y soberbia, Horacio Cartes, en esta etapa de su periodo presidencial, asume la misma actitud, sin reparo alguno y expresando con gran soltura su verdadero pensamiento. Se entiende que esto se debe a que se le frustró la aspiración de seguir otros 5 años al frente del Poder Ejecutivo, al fracasar el plan de enmendar la Constitución para habilitársele a la reelección.

Cartes expresó la semana pasada con total naturalidad que los periodistas Óscar Acosta y Menchi Barriocanal deberían estar en la cárcel. Lo hizo sin disimular su encono hacia la prensa, ni el hecho de que en realidad no comprende –y dudo que lo vaya a comprender– que gobernar en un sistema democrático implica someterse al escrutinio público, y rendir cuentas. Recordemos que una de las funciones de la prensa es oficiar de contrapoder, siguiendo, vigilando y analizando los actos de quienes detentan y ejercen el poder.

Cartes, con sus exabruptos de último tramo como presidente, evidencia además que no estuvo dispuesto a asumir que ser gobernante conlleva la responsabilidad de ser siempre el primero en someterse a las leyes y respetar las instituciones. Algo que le ha costado demasiado.

Ayer, de nuevo en un acto público, el jefe de Estado que ya está cumpliendo sus últimos 10 meses de mandato, volvió a mencionar con sarcasmo a Óscar y a Menchi, lo que reafirma esa actitud de quien se siente por encima del resto de los mortales, y que no admite, bajo ningún sentido, que se le cuestionen o señalen los errores y debilidades. Esto es lo que, afortunadamente, buena parte de la prensa nacional realiza.

Pero Cartes no lo tolera, y se constituye en una muestra patente de que 28 años de zigzagueante democracia no se transforman automáticamente en cultura democrática.