03 jun. 2026

Acerca de los muertos que no mueren

Hace un buen tiempo tuve una charla muy íntima con mi madre, y ella no está exactamente en la plenitud de su vida, aunque posee una vitalidad aún persistente en el día tras día, algo que cada vez se puede decir menos de los jóvenes de nuestra generación. A ella le encanta hablar de la muerte como si de un espía se tratase, uno que se encuentra en constante acecho, aguardando el momento indicado para dar el golpe letal y lo encara con la satisfacción de saber que termina cada día habiendo cumplido con los deberes que la naturaleza le dejó, aunque en su trato no son deberes, sino regalos. Las madres se preocupan, y esa es su naturaleza, y los hijos a veces somos idiotas, y esa también es parte de nuestra naturaleza, la de crecer y entender la vida, a veces por las malas.

Conversaciones así le dejan a uno con esas preguntas existenciales que revolotean alrededor de la cabeza durante semanas. Por alguna razón, a mí me llevó a pensar en dos personas específicas, una de ellas mi mejor amigo de secundaria, Ricardo, y la otra, la persona más importante de toda mi adolescencia, una chica llamada Ana Laura. Ambos tienen algo en común: ya no están en este plano existencial.

Muchos pensamientos recorren la mente de uno cuando se trata de amigos que ya fallecieron y las veces que yo me quedo pensando en ellos, por lo general son días de reflexionar y desvariar, los cuales suelen traer algún recuerdo en forma de moraleja, el cual me acompaña por otras semanas más. Irónicamente, estos recuerdos me siguieron acosando un par de días después cuando me senté a ver Minority Report, aquella joya tech-noir de Steven Spielberg, con un gran trazo narrativo que se vuelve flojo hacia el final, pero que sin embargo deja varios temas en la superficie y debajo de ella, para el debate posterior.

La mayoría se enfoca en la gran paradoja de la superficie: ¿es realmente un crimen cuando lo detienes antes de tiempo?, mientras otros van un poco más allá y recalcan la magnífica habilidad de Spielberg de retratar una sociedad futurista donde la libertad ha sido completamente corrompida (grandioso el plano cenital donde vemos a las arañas robóticas irrumpir en los departamentos como si fuera lo más normal).

Por el contrario, yo no pude evitar mezclar las ideas e imaginar regresar en el tiempo y conocer los destinos de mis dos amigos, para así poder evitarlo antes de que ocurriesen. Uno pensaría que nada bueno puede salir de semejante idea, pero más a menudo que no, me sale exitosamente eso de buscarle el lado bueno a las cosas. Claro, es para decir ¿hay realmente algo bueno que rescatar de la muerte de alguien que queremos?, y la respuesta probablemente sea negar con la cabeza en silencio, pero ¿qué nos queda, si no buscarle el lado bueno a los sucesos desafortunados?

La verdad es que no existe tal tecnología, y no existe ninguna policía que venga a salvarnos antes de que alguien nos acuchille en alguna calle por la noche (aunque la muerte de mis amigos no fue de tal forma, no pude evitar desvariar al respecto). La verdad es que la muerte es tan real como la vida misma y no deberíamos tener miedo de hablar de ella, que tarde o temprano, nos encontrará donde sea.

La verdadera pregunta que queda por hacerse es: ¿cómo honramos a los muertos? Yo digo que la mejor manera de hacerlo es honrando a la vida misma, que no hay mejor manera de lidiar con lo inevitable, que estar siempre preparados para cuando llegue. Hace un tiempo comenzó a correr una noticia por la web, sobre las cinco causas de arrepentimiento más comunes antes de morir, y yo personalmente estoy seguro de no querer terminar con ninguno de esos.

Una amiga había preguntado en su cuenta de Twitter cuál era la relación entre las palabras “regalo” y “presente”, que por qué se le dice presente al regalo, y yo recordé aquella frase cliché, pero no por eso menos certera, de que hay que enfocarse en el presente, que es un regalo y por tal razón se llama “presente”. No se trata de olvidar el pasado, sino dejar de vivir en él, ni tampoco vivir como si no hubiera un mañana, sino tratar de evitar arrepentirse luego de algo que podemos o no hacer ahora.

Es importante recordar a aquellos que se han ido de la mejor manera posible y que sean legados de su existencia nuestro mejor entendimiento y aceptación de la vida y la muerte, como algo tan natural y bello como una amistad real o un amor verdadero. Como dice Agatha, el personaje de Samantha Morton en Minority Report: “los muertos no mueren, observan y ayudan”.

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