Son invisibles e incansables. Al amparo de la humedad, por algún hueco de la casa, invaden aquellos rincones del hogar donde las miradas tardan en llegar. Y cuando lo hacen es solo para encontrar un campo de batalla en el que ni siquiera los muertos existen porque fueron devorados.
Son los insaciables kupi’i. En castellano esos insectos se llaman termitas. No son cientos, son millones. Ni el más numeroso ejército chino se le puede comparar. De a uno o de a miles, por lo minúsculos que son, no podrían causar daños tan drásticos ni irreversibles. De a billones sí.
Su paladar es afecto a la madera y a los papeles. Ese suele ser el orden de su festín gastronómico, porque primero engulle el continente, luego el contenido.
En cuanto a papeles, empiezan por los diarios y libros viejos para pasar después a lo que haya, incluyendo papel biblia, papel ilustración o cualquiera que deguste su paladar, que opera de lo exquisito a lo vasto. Si de autores se trata, fagocitan con igual fervor un Stendhal que un Borges, un Roa Bastos que un Emiliano. Con igual fruición degluten la literatura de alto vuelo y la que ni siquiera alcanza a despegar sus pies de la Tierra.
Mirado desde la perspectiva de los kupi’i despiadados, el silencio es su principal virtud. Kirïrïhaitépe concretan su minucioso crimen. Cuando se los descubre y se reacciona con un furor que da para matar un regimiento, suele ser tarde.
Así como esas termitas implacables es la inflación. Callada e infatigable, corroe el valor del guaraní. Si por un miltón se comían tres caramelos masticables hoy, en dos meses más servirá tan solo para uno. Un millón, de a poco, se convierte en 500 mil y, a la corta, en 100 mil, que es lo mismo que decir en polvo.
La inflación es democrática: alcanza a todas las clases sociales. No respeta ni al barrendero ni al magnate. La diferencia está en el impacto. Al mboriahu apï lo destroza; al otro solo le hace cosquillas.
Para las estadísticas del Banco Central, los enjambres de kupi’i caben en dos puños. Para los bolsillos de la gente, llegan en una flota de camiones del también muy voraz Cetrapam.
Al kupi’i no se lo combate ignorando su poder depredador sino cerrando sus agujeros, destruyendo sus vías de tránsito y usando químicos que los sacan de escena por algún tiempo. Habrá que hacer lo mismo con la inflación: ponerle remedio. Si no, ñane moköta a corto plazo.